sábado, 22 de febrero de 2014

Madurez

Llevo escuchando “sé más maduro” desde que tenía unos once años. Pero nadie me explicó cómo ser maduro, la gente te dice que seas de una manera, pero no te ayudan a conseguirlo.

Muchos años más tarde pensé en que para ser maduro, primero tenía que saber lo que es ser maduro, y busqué la definición de maduro en la Real Academia Española: prudente, juicioso y sesudo o entrado en años. Y luego encontré la definición de “edad madura” que es la edad comprendida entre el final de la juventud y el principio de la vejez.

En primer lugar la prudencia hace referencia a tener la capacidad de retener tus sentimientos, que desde mi punto de vista sirve para morir por dentro poco a poco. En segundo lugar, ser juicioso hace referencia a calificar a la gente y encasillarla por grupos o categorías, esto es lo mismo que ser prejuicioso pero dicho de una manera mucho más bonita. Y por último, ser sesudo es un sinónimo de cabezón, o tozudo, es decir, que para esta gente las cosas son o blancas o negras.

Por otro lado, en cuando a la referencia a una edad entre la juventud y la vejez, me parece una majadería querer madurar tan pronto. Teniendo en cuenta esta definición, la madurez es simplemente el paso antes de la vejez, querer ser maduro es querer acercarse al final de tus días. Además, después de madurar, las frutas se pudren.

Para concluir, diré que en definitiva, estoy en desacuerdo con la idea generalizada de que madurar es algo positivo. Queda claro entonces que madurar conlleva una serie de consecuencias de las que no se puede escapar. 

Por eso creo que debería hacer todo lo contrario a lo que me recomendaron e intentar no forzar el comienzo de la madurez, sino retrasarlo todo lo posible, intentando disfrutar de la falta de miedo de la juventud durante todo lo que me permita el contexto y seguir disfrutando de esta libertad.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Tinieblas tétricas

         Avancé a través del humo y las personas, siguiendo su mágica estela dentro del bar, entre la tenue luz amarilla de las románticas velas negras de las mesas y bajo la fluida conversación del saxo con el piano. Sin mucha luz, perseguí su aroma hasta la salida del bar, vi su vestido sedoso burdeos fluir tras ella y desaparecer mientras la puerta de salida de emergencia acompañaba su movimiento y nos separaba, por momentos. Sentí la presión, que se siente al estar trescientos metros bajo el mar, se llevó el oxígeno consigo y me aisló en un mundo de luces sombrías, de música vacía. Salí de esa prisión.
         Abrí los ojos y ya estaba fuera del local, entre dos altos edificios de ladrillos descubiertos tiznados por el humo negro de las fábricas cercanas. Apoyé los brazos en una pared de ese callejón e inspiré profundamente por la boca, todavía con el cuerpo inclinado, giré la vista y vi al fondo la silueta de su vestido rojo, pintada sobre el negro fondo y bajo la luz de las farolas anaranjadas. Corrí de nuevo, esta vez hacia ella, en línea recta, solo el aire nos separaba, bajo la luz de la luna, alcancé su figura y apoyé mis manos sobre sus hombros desnudos. La giré. Y pude apreciar su belleza, en una cara de sorpresa, sus ojos me miraban en profundidad, sus labios, rojos, me hablaron secretos sin palabras, sus pómulos se sonrojaron al verme, no le dejé tiempo a sonreír, la besé en la boca sosteniéndola por los hombros.
         Pero paré y su expresión dejó de ser la misma. Empezó a gritar socorro en todas direcciones. La solté. Se acuclilló primero tapándose los ojos con las muñecas y empezó a buscar en su bolso hasta que desistió, llorando, me lo lanzó. Su boca era ahora un torrente con decenas de palabras despectivas, desde enfermo hasta violador. En la calle no había nadie más, estábamos solo nosotros dos. No entiendo cómo pudo ponerse así en tan poco tiempo, le di la espalda y me marché andando poco a poco. A los diez pasos noté una mano sobre un hombro y al girarme vi el vestido rojo y un espray rociándome los ojos, una sensación de picor invadió toda mi cara al instante. Ahora era yo el que se arrodillaba pidiendo clemencia, bañado en lágrimas. Hasta que caí en posición fetal. Dejé de ver. Sólo sentía dolor y oía gritos de rabia, notaba patadas en el estómago. Los efectos del veneno empezaban a desaparecer cuando percibí la voz grave de un hombre de fondo, y noté una punzada en el corazón, abrí los ojos y lo vi todo borroso. Entonces el rojo invadió mi mirada, y el dolor desapareció, junto con todo lo demás. 

martes, 18 de febrero de 2014

Rantatino

      Dentro del agujero que había en un calcetín que había en un cajón, se escondió Rantatino, un mapache asustado. Huía de su amo, un hombre de treinta años desempleado que maltrataba a su mascota haciéndole caminar horas y horas en una caja de plástico grueso trasparente con una rueda metálica giratoria en su interior.  Este hombre era el cura de la iglesia principal de Alicante, defensor de la ley contra el aborto y de la vida en general. Decía amar a los animales casi al mismo nivel que a Dios, por eso mismo tenía varias mascotas encerradas en casa, mensualmente donaba dinero a las ONG para que protegieran a las especies en peligro de extinción, y cuando en los fines de semana iba a pescar a Santapola con su barco a motor, meába desde la popa y arrojaba las bolsas del Mercadona junto con las latas por estribor y babor.
      Rantatino, aburrido dentro del calcetín, empezó a devorar todo lo que se encontraba a su paso: tres pares de calcetines, otros cuatro de calzoncillos, pañuelos de seda antiguos, y por último una billetera sin documentos identificativos pero sí con un buen puñado de donaciones cristianas. Terminó haciendo un agujero en la parte trasera del mueble y escapó a la habitación donde su amo le esperaba con una sonrisa de oreja a oreja y la caja de la rueda sostenida por los dos brazos. El mapache, asustado, y decidido a no volver a entrar en esa cárcel, decidió esconderse bajo la cama.
      Espero allí mientras su amo salió de la habitación y cerró la puerta de un portazo, sin tiempo a pensar en otro lugar por el cual salir de la habitación, su dueño volvió, llevaba en sus manos una escoba de esparto antigua, y la zarandeaba en el aire al grito de “¡Sal Rantatino, tengo ostias sagradas para ti!”.
      Rantatino, sorprendido por la novedad de una oferta ante tal situación, y sin comprender la cruel ironía humana, salió a ver si era verdad, pero fuerte y sin aviso cayó sobre él la furia del mazo de Dios. Dio un gruñido y, cojeando y asustado retrocedió bajo la cama con una pata completamente doblada hacia fuera. El cura, que se había dado cuenta de lo que había hecho empezó a gritar y a llorar, y a aclamar al cielo perdón. Sus llantos y súplicas se oían por encima de los gemidos del pobre mapache que había perdido por completo y para siempre la movilidad en una de sus patas.
      Completamente arrepentido, el cura se arrodilló frente a una pared y empezó a golpear su cabeza contra ésta pidiéndole a su superior que por favor le quitara el pecado de haber hecho daño a un animal indefenso. Arañaba las paredes, su expresión facial le demostraba completamente apenado. Pero se había dejado la puerta entreabierta, y el mapache aprovechaba la ocasión de vacile para escapar, no sin antes darle un buen zarpazo en la calva a su acosador. Hendido en dolor, el anciano se giró derramando sangre en círculo tras de sí. Y en un instinto reflejo cerró la puerta de un tremendo golpe que enganchó la cola del mapache por la mitad.
      Abrió mucho los ojos y volvió a empezar a llorar, pero esta vez los gemidos de Rantatino superaron por muchos decibelios al dolor espiritual y craneal del cura arrepentido. Esto hizo que la situación se complicara y el cura acabó abriendo la puerta para ver qué podía hacer con lo que quedaba de su mascota.
      Al abrir la puerta, miró al suelo y se encontró con la mitad de la cola de Rantatino, y al levantar la mirada vio en primer plano el antifaz gris sobre el pelaje blanco, y unos ojos profundos y negros, con las garras de sus dos patitas delanteras abiertas, volando en un salto infinito hacia su rostro, con tal decisión y rapidez que antes de que el amo girara la cabeza o cerrara los ojos por puro reflejo  las garras de Rantatino ya estaban clavadas en las pupilas. El mapache prosiguió con un mordisco amplio en la grasosa nariz y con las cuchillas de su pata trasera todavía útil, rajó literalmente la garganta del designado por Dios.


      Una vez en el suelo, mordisqueó con rabia, y durante un buen rato, las cejas y las orejas, y al ver que ya no se movía, se fue, cojeando, a disfrutar por fin de su libertad innata.

sábado, 8 de febrero de 2014

Has venido

Cerca de una gasolinera hay un hombre con aspecto de conejo, tiene pelo blanco donde tú y yo tenemos piel, es un conejo adicto al sexo, es un hombre al lado de su camión. Sus ojos son del color de su sangre, son fuego, tiene una silueta extraña. El camión no es suyo, es de su padre, él lo ha robado. Los bigotes de el hombre-conejo son rizados y azules. No tiene sonrisa, tiene boca, no está serio, no es feliz, tampoco es triste. El conejo no quiere ser camionero, no quiere aunque le obligue su padre. Pero el hombre sube al camión, el hombre es él, el conejo. Se va, se va para siempre de la gasolinera. Coge su camión de su padre y se va por la carretera. El conejo no nota nada, pero desde fuera se puede ver como el camión se ha parado. El conejo ve la carretera moverse bajo él, pero la carretera no se mueve. El camión empieza a desaparecer y acaba dejando de existir. Se ve la carretera sola, iluminada, tranquila, insonora, insípida. No pasa nada. Y entonces, en el medio de la carretera aparece una señora. Es una señora coneja, con los ojos rojos y la piel peluda. Peluda de pelo blanco. Sus bigotes son rubios. La coneja grita "¿Dónde está?" y sale de la carretera. Corre y solo se oyen sus pasos, las hojas secas crujiendo. Corre mucho, cada vez más rápido, a través del bosque verde-marrón, oscuro, tranquilo. Llega a un claro en el bosque, que ya no es un bosque, es una selva, oye a un mono de fondo y nota la vibración del rugido de un tigre. Ve un camión, un camión hecho chatarra. Se acerca, pero muy despacio. Es el camión de su marido, es chatarra, ya no es nada. Entra en la cabina, se sienta. Oscurece. Es de noche, no hay luz, ella llora en la cabina. Los animales se callan en la selva, solo se oye sus llantos. La luz del camión se enciende, al fondo se ve a un hombre, a un conejo. La coneja abre mucho los ojos, sus iris son rojos. Baja del camión y corre hacia el conejo, hacia el hombre. Corre como una coneja, no como una señora. Salta hacia el otro conejo, pero las luces del camión se apagan. Oscuridad. Todo es negro y la coneja no ve nada, cae en un agujero profundo. Toca tierra y el golpe le duele. Se tranquiliza, empieza a caer tierra encima, la están enterrando viva. Siente que se ahoga. Oye un trueno, y comienza la lluvia. La tierra que ya le llega a la cabeza se torna en barro, y ella empieza a moverse en el barro hacia arriba. No ve nada, todo es marrón, todo es tierra. Nota el aire, se limpia los ojos con las patas de coneja. Y ve que está en un remolque, es el camión de su marido. Mira a su alrededor, está en una carretera de montaña. El camión va muy deprisa, las curvas le lanzan para un lado y para otro consecutivamente, pero al final, el camión se sale de la carretera y vuelca, cae por un precipicio. Las bolsas de basura del remolque se rompen y la basura salta a la cara de la coneja, el olor es insoportable. El camión se detiene al final de la ladera, cuando ya no hay más pendiente. Todo se para. La cabina explota, ella sale despedida hacia atrás y cae entre unas matas, se levanta y va hacia la cabina, de nuevo muy despacio. Llega y está su hijo, ella abre mucho los ojos, la coneja mira al conejo, con sus ojos rojos, el conejo no tiene cabeza, no tiene ojos a los que mirar. El conejo se acerca a la coneja y le rodea con sus brazos y la aprieta contra su pecho. La inexpresiva cara de la coneja se convierte en una mueca de asco y dolor. Entonces se oye "Has venido Mamá". Lo ha dicho la cabeza del conejo, que no está en ningún sitio.