Estoy andando por la calle y en esto que me encuentro con un hombre con barba y gorra y empieza a decirme que si acepto sus cookies, muy insistentemente. Le digo que qué me está contando y me mira con una cara que expresa una oración en concreto: "¿De verdad no sabes qué son las cookies?". No se da cuenta de que a mi lo que me china es que sea una persona la que me avise y no una máquina. Le respondo con una cara que da a entender que quiero que me deje en paz, que yo voy a mi rollo. Vuelve a insistir en que es importante que acepte sus cookies.
Me pregunto si esta persona será un robot, porque en ese caso lo entendería. Ahora bien, creo que todavía seguimos estando a años luz de tener un robot que se asemeje tanto a una persona. Sigo andando pero el tipo me persigue. Lleva una gabardina gris del estilo "detective privado" y un maletín de abogado con contraseña. Acelero el paso. Entonces él corre un poco, se me pone delante y me para estirando la mano y sin decir palabra, es bastante alto aunque sea delgado, me da bastante mal rollo. Me mira fijamente y empieza a llorar, son lágrimas evidentemente falsas, tiene en la cara una expresión de desconsuelo forzado. Parece que espera a que le diga que vale, pasan unos segundo y al ver que no le digo nada se arrodilla en frente de mi y me vuelve a pedir que acepte sus cookies.
Cojo el móvil del bolsillo ya como si estuviera en un sueño, me llevo la otra mano a la cara como intentando quitarme las gafas de realidad virtual. "Por favor, acepte mis cookies". Pierdo momentáneamente el control y le grito que no, que me deje en paz. El hombre de las cookies se pone muy serio, deja de llorar, y se acerca a una señora muy mayor que hay en un portal. Escucho como avergonzado y con miedo le dice a la señora: "lo siento abuela, por mucho que lo intento nadie quiere probar tus galletas". La abuela le grita algo incomprensible y le da una colleja.
domingo, 14 de abril de 2019
viernes, 12 de abril de 2019
El caso es que
El caso es que estoy corriendo semi-desnudo por el medio de un parque donde se suelen pasear los perros solos, un parque vallado en el que los perros son libres, vallas igual a libertad en el caso de los perros. El caso en cuestión es que estoy corriendo, y por lo tanto siento el viento contra la cara, muy fuerte, y de fondo veo una pirámide, sigo corriendo y el recorrido se prolonga como por horas, no sé muy bien cuántas, el tiempo parece infinito en esta dimensión. El caso es que cuando llego a la pirámide la miro y la toco y es del tamaño de una persona y tiene la forma de una persona pero es una pirámide, es la pirámide de Maslow y a la vez es Maslow. Pero el caso es que yo no sé quién demonios es Maslow, solo conozco su pirámide, pero a la vez la pirámide es él.
Al final me hago amigo de la pirámide a pesar de que ésta no habla. Sigo semi-desnudo, solo de cintura para arriba, pero ahora estoy dentro de un iglú que me recuerda a la cueva donde Superman hablaba con su padre. Entonces me acuerdo de que no he paseado a mi perro y quiero escapar de ese iglú que no tiene salida y en el cual me encuentro con el señor pirámide. Busco y no encuentro una puerta dentro del cubito de hielo. Siento frío. Maslow abre por fin la boca pero no llega a decir nada, me da angustia, vuelve a hacer el mismo gesto de abrir la boca como para decir algo pero sin decirlo y se me remueven las tripas, quiero llorar porque no estoy paseando a mi perro. Estoy muy irritable. Maslow vuelve a hacer el odioso gesto y le grito que se calle a pesar de que no ha llegado a decir nada, cierra la boca y pone cara de indignación. Ahora me siento culpable por haberle hablado mal a la pirámide. Necesito pasear a mi perro. Grito dentro de cueva y la potencia del sol se acentúa, lo veo a través del techo. Los rayos atraviesan las paredes y todo se derrite.
Arriba de mi está mi perro, ahora soy un pienso de mi perro y voy a ser devorado. Es casi poético, devorado por mis responsabilidades. El caso es que entro en el estómago de mi perro y empiezo a ver el sentido de la vida, el cual se encuentra dentro del estómago de los perros. Me acuerdo de haberlo entendido hasta el punto de saber explicarlo cuando estaba dentro del estómago, pero fue salir y se me olvidó por completo como explicarlo. Salgo de toda esa vorágine de revelaciones espirituales y entro en una bolsa de plástico en la cuál me reencuentro con Maslow. Pasamos años encerrados en ese plástico, me olvido de todo, de la muerte incluso. Cuando recuerdo la memoria es el futuro y vuelvo a tener el cuerpo de un tamaño normal, corro por las calles vestido con ropa blanca que tiene detalles en color plata, las calles están limpísimas y no pasan coches por las carreteras, tampoco hay gente en las calles, todo lo que veo son pisos altísimos. Entro en un portal de un bloque de edificios y veo un cuarto inmenso con gente en sillas especiales, todos enganchados a máquinas que parecen ser de realidad virtual y metidos en bloques de hielo. Decido que quiero volver atrás en el tiempo, y entonces recuerdo que no puedo viajar en el tiempo hacia atrás, solo hacia delante. Qué va, me doy cuenta de que tampoco hacia delante, entonces caigo en la cuenta de que si he viajado en el tiempo es porque todo lo que estoy viviendo es un sueño y despierto.
Levanto el cuello y la almohada está toda sudada, estiro el brazo a lo largo de la cama deseando comprobar que el señor Maslow no está conmigo. En su lugar descubro el cuerpo de mi novia, estoy intranquilo y son las cinco de la madrugada, voy a beber un vaso de agua y me encuentro con mi perro por el pasillo, le toco la cabecita para que sepa que le quiero. Me bebo un vaso de agua y me espabilo sin querer, así que aprovecho y me doy una ducha. Después de la ducha me voy al salón y me siento en el sofá hasta las siete, hora en la cual el día empieza.
Al final me hago amigo de la pirámide a pesar de que ésta no habla. Sigo semi-desnudo, solo de cintura para arriba, pero ahora estoy dentro de un iglú que me recuerda a la cueva donde Superman hablaba con su padre. Entonces me acuerdo de que no he paseado a mi perro y quiero escapar de ese iglú que no tiene salida y en el cual me encuentro con el señor pirámide. Busco y no encuentro una puerta dentro del cubito de hielo. Siento frío. Maslow abre por fin la boca pero no llega a decir nada, me da angustia, vuelve a hacer el mismo gesto de abrir la boca como para decir algo pero sin decirlo y se me remueven las tripas, quiero llorar porque no estoy paseando a mi perro. Estoy muy irritable. Maslow vuelve a hacer el odioso gesto y le grito que se calle a pesar de que no ha llegado a decir nada, cierra la boca y pone cara de indignación. Ahora me siento culpable por haberle hablado mal a la pirámide. Necesito pasear a mi perro. Grito dentro de cueva y la potencia del sol se acentúa, lo veo a través del techo. Los rayos atraviesan las paredes y todo se derrite.
Arriba de mi está mi perro, ahora soy un pienso de mi perro y voy a ser devorado. Es casi poético, devorado por mis responsabilidades. El caso es que entro en el estómago de mi perro y empiezo a ver el sentido de la vida, el cual se encuentra dentro del estómago de los perros. Me acuerdo de haberlo entendido hasta el punto de saber explicarlo cuando estaba dentro del estómago, pero fue salir y se me olvidó por completo como explicarlo. Salgo de toda esa vorágine de revelaciones espirituales y entro en una bolsa de plástico en la cuál me reencuentro con Maslow. Pasamos años encerrados en ese plástico, me olvido de todo, de la muerte incluso. Cuando recuerdo la memoria es el futuro y vuelvo a tener el cuerpo de un tamaño normal, corro por las calles vestido con ropa blanca que tiene detalles en color plata, las calles están limpísimas y no pasan coches por las carreteras, tampoco hay gente en las calles, todo lo que veo son pisos altísimos. Entro en un portal de un bloque de edificios y veo un cuarto inmenso con gente en sillas especiales, todos enganchados a máquinas que parecen ser de realidad virtual y metidos en bloques de hielo. Decido que quiero volver atrás en el tiempo, y entonces recuerdo que no puedo viajar en el tiempo hacia atrás, solo hacia delante. Qué va, me doy cuenta de que tampoco hacia delante, entonces caigo en la cuenta de que si he viajado en el tiempo es porque todo lo que estoy viviendo es un sueño y despierto.
Levanto el cuello y la almohada está toda sudada, estiro el brazo a lo largo de la cama deseando comprobar que el señor Maslow no está conmigo. En su lugar descubro el cuerpo de mi novia, estoy intranquilo y son las cinco de la madrugada, voy a beber un vaso de agua y me encuentro con mi perro por el pasillo, le toco la cabecita para que sepa que le quiero. Me bebo un vaso de agua y me espabilo sin querer, así que aprovecho y me doy una ducha. Después de la ducha me voy al salón y me siento en el sofá hasta las siete, hora en la cual el día empieza.
jueves, 20 de diciembre de 2018
Los normales
Estaba mirando el móvil en un banco cuando de repente me puse a pensar en que quizás los raros son los normales. Me di cuenta, en mis reflexiones, de que conozco más gente que quiere ser distinta que gente que sólo quiere encajar, y es que al fin y al cabo nadie quiere ser una copia de otro alguien.
Por otro lado, recapacitando con un poco más de profundidad, caí en que los normales son los que utilizan la palabra raro despectivamente para definir a aquellos que son distintos a lo que ellos consideran que es lo normativo (es decir, lo más común). También que tanto raros como normales utilizan la palabra único para auto-definirse, y que por lo tanto esa palabra sería inútil para mis propósitos.
Sería rarísimo que un raro llamase raro a un normal, y aún así es algo que sucede. Es por ello que he decidido darle otro sentido a la palabra normal, siendo este: persona que rechaza el calificativo de raro por motivos de inseguridad o miedo a no ser reconocidos por miembros del grupo al que desean pertenecer. En conclusión, creo que este es un significado necesario y de inmediata aplicación, para finalizar esta pequeña argumentación pondré un ejemplo práctico. He de decir en mi favor que para crear este nuevo significado no he tenido que crear ninguna nueva palabra y aún así ha salido muy bien la cosa.
Normal: persona que rechaza el calificativo de raro por motivos de inseguridad o miedo a no ser reconocidos por miembros del grupo al que desean pertenecer.
Por otro lado, recapacitando con un poco más de profundidad, caí en que los normales son los que utilizan la palabra raro despectivamente para definir a aquellos que son distintos a lo que ellos consideran que es lo normativo (es decir, lo más común). También que tanto raros como normales utilizan la palabra único para auto-definirse, y que por lo tanto esa palabra sería inútil para mis propósitos.
Sería rarísimo que un raro llamase raro a un normal, y aún así es algo que sucede. Es por ello que he decidido darle otro sentido a la palabra normal, siendo este: persona que rechaza el calificativo de raro por motivos de inseguridad o miedo a no ser reconocidos por miembros del grupo al que desean pertenecer. En conclusión, creo que este es un significado necesario y de inmediata aplicación, para finalizar esta pequeña argumentación pondré un ejemplo práctico. He de decir en mi favor que para crear este nuevo significado no he tenido que crear ninguna nueva palabra y aún así ha salido muy bien la cosa.
- Hola, ¿te has bajado ya el Fortnite?
- No, lo siento, no tengo ordenador en casa.
- Qué raro eres...
- Ya, gracias, y tú qué normal.
Normal: persona que rechaza el calificativo de raro por motivos de inseguridad o miedo a no ser reconocidos por miembros del grupo al que desean pertenecer.
martes, 26 de junio de 2018
Alfredo, un buen hombre
Alfredo es un hombre que se considera curioso. Cuando
Alfredo comenzó a trabajar sus amigos todavía estaban estudiando, necesitaba el
dinero por causas familiares. Alfredo está seguro de sí mismo, todo lo que
tiene se lo ha ganado a fuerza de voluntad, ha trabajado sin parar, se ha visto
sumido en la miseria y ha seguido trabajando. Ha habido veces en las que los
jefes de Alfredo no podían ofrecerle más de cuatro euros por hora y Alfredo, ni
corto ni perezoso, ha trabajado.
Alfredo, cuando llegó a los treinta, empezó a arrepentirse
de haber empezado tan pronto a trabajar. "Tendría que haber
estudiado" piensa. Alfredo ahora tiene dos chiquillos a los que mantener y
una esposa encantadora de la cual está perdidamente enamorado, es feliz. Y aun
así, cada día que pasa, Alfredo piensa "Tendría que haber estudiado",
pero también piensa "Soy un hombre trabajador" y es verdad que le
gusta más cuando piensa en ésto último, se siente mejor, por eso intenta evitar
pensar que quizás, si hubiera estudiado, ahora tendría más dinero, menos
estrés, y posiblemente la misma felicidad.
Pero una y otra vez se repite en su cabeza la posibilidad
fracasada, aquello que ya no va a pasar, la otra calle que pudo haber tomado y
se negó a tomar. Y cada vez que se repite en su cerebro, Alfredo sufre un
poquito más, se vuelve a arrepentir e incluso se empieza a martirizar, es por
eso que ahora Alfredo insulta en sueños a aquellos que estudian, piensa
"holgazanes, perezosos, estos tipos son unos gandules, toda la vida
viviendo de sus padres, en una nube viven, si ellos supieran lo que yo sé"
De esta forma Alfredo logra enterrar ese horrible
pensamiento, esa remota posibilidad de algo que nunca pasó ni pasará.
Pero el cerebro de Alfredo es curioso, y ese pensamiento
vuelve, y cada vez con más fuerza, y Alfredo se aferra al odio para eludirlo, y
un día Alfredo va a la biblioteca, estresadísimo, y se pone en la puerta, y
primero empieza a mirar raro a la gente que entra, pero poco después empieza a
decirles cosas, les dice que se pongan a trabajar, pero lo dice a gritos y con
una voz muy agresiva, les dice que hay que sacar el país hacia delante, que son
unos gandules, les insulta y les menosprecia. Las personas que entran a la biblioteca
al principio parecen ofendidas, pero pronto se corre la voz y Alfredo sigue ahí
gritando, y la gente acude a escuchar sus berridos, y se ríen del pobre
Alfredo. Los estudiantes se ríen de Alfredo, esos estudiantes que tanto
envidia, esos holgazanes, perezosos, esos tipos que son unos gandules, que
llevan toda la vida viviendo de sus padres, durmiendo entre algodones de azúcar
y paredes de turrón. Esos tipos que, en lugar de estar estudiando, se ríen del
pobre Alfredo.
TRES
"Qué ardor de estómago, qué tensión, qué dolor de
cabeza, me mareo." Dice, sin perder un suelo que se aproxima a toda
velocidad. "Qué angustia, qué ansiedad, ¡qué de todo!"
A unos veinte metros de ella, un niño llora, acaba de darse
cuenta de que la persona a la que le daba la mano no es su padre, mira para el
cielo, como si fuera a bajar de allí.
En el bar, un hombre se ríe a carcajadas con la camarera, a
pesar de ser él quien cuenta el chiste, la camarera parece más pendiente del
móvil que de otra cosa.
Unos segundos más tarde, una mujer baja medio mareada de la
atracción y ve un niño solo, quieto y llorando, es su hijo.
Un niño llora, y sigue llorando por no tener una mano a la
que aferrarse, el sol le abrasa y él llora. Piensa que lo han abandonado, su
llanto no es más que una última llamada desesperada de atención.
Un hombre, borracho perdido, se pone agresivo con la
camarera que ya no se ríe ni ante las cínicas imágenes que le muestra en la
pantalla de su móvil. "¡Que llames al encargado!" le dice, la camarera
pasa de él.
Una mujer y un niño se abrazan bajo el sol de Benidorm en el
corazón de Terra Mítica y solos, se abrazan rodeados de personas, ante un mundo
lleno de esperanza. Esperanza y nada más. La camarera espera que el hombre se
vaya, el hombre espera que la camarera le ría los chistes, la mujer espera que
su marido deje el alcohol, y el niño espera a los adultos. Esperanza, esa gran
enemiga.
Jesús, profesor
Hola, soy Jesús, el profesor de lengua. Bueno, quería
introducirme rápido, sin mucha floritura, sin complicados sintagmas. Me he
propuesto que voy a ser sincero con vosotros desde el principio: Soy un
personaje ficcional, puede parecer irracional que diga yo esto, ya que es casi
como que para ser un personaje literario que solo existe en formato textual,
tienes que hacer como que no eres consciente de que tu vida no depende de ti
sino de aquél que te describe, a ti y a tus acciones. Pero bueno, yo soy profesor
de español, y esa es mi función y mi propósito en este mundo, nada más.
Te preguntarás: ¿En qué mundo Jesús? si tú y yo no
compartimos ni la forma de existir. He de decirte que estás equivocado, yo, a
pesar de lo que puedas pensar, no soy un rehén de mi escritor, soy libre, y
habito en el mismo mundo que tú. (Es cierto Jesús, eres libre) Gracias
escritor, pero en el caso de que no fuera libre, ¿qué le voy a hacer? ¿vivir el
resto de mis días atormentado por la impredecibilidad de mi destino? ¿mortificarme
por no tener ni voz ni voto en mis acciones? No, ese no es mi estilo, yo solo
soy un profesor de lengua, soy insignificante y soy consciente de ello. Soy la
coma que algunos olvidan, el acento que nadie puso, soy lo/la/los/las, soy el
complemento directo.
(Jesús, tranquilo, se te está yendo de las manos)
Soy a/ante/cabe/con/contra...
Soy un adjetivo interrogativo.
(¿qué?)
Exacto, eso soy yo.
(Está bien por hoy Jesús)
De acuerdo, lo que tú digas, al fin y al cabo yo no soy
quién para cuestionar tus órdenes, escritor. Haz lo que plazcas, solo estaba
aquí para presentarme y para dejar claro que soy un personaje importante que
volverá a salir en algún que otro texto.
(Bueno, eso lo decidiré yo)
Claro, lo que tú digas, a tu servicio, lo que ordenes. Yo
solo digo, que no soy prescindible. Y, no lo olvides, soy profesor de lengua y
tengo mucha más autoridad que tú para criticar tus textos, ya que tu opinión es
subjetiva, y ¿sabes lo que te digo? Que tus textos son geniales, siempre y
cuando salga yo en ellos.
Los papeles
"¿Qué papeles son los que necesito esta vez? De verdad
que no te entiendo."
"Te lo vuelvo a repetir, tienes que darme los papeles,
tienes veinte segundos para darme los papeles"
"¿Pero qué papeles?¡Yo no tengo papeles!"
"¡Rápido! Ésto lo estoy haciendo por ti, necesito los
papeles, tienes que darme los papeles, solo de esa forma lograremos que todo
este esfuerzo no haya sido en vano."
"No lo entiendo, ¡Ya han pasado más de veinte segundos!
me hablas de papeles pero yo no tengo papeles, estoy aquí, descalzo, en
calzoncillos, en medio del parque y no tengo los papeles"
La otra persona (una señora de mirada inquisitiva y bien
trajeada) abre un maletín, el otro, que no logra encontrar los papeles, no es
capaz de ver lo que hay dentro.
"¿Qué tienes ahí dentro? ¡No entiendo nada!"
Entonces la señora le da la vuelta al maletín y una luz
resplandeciente y cegadora lo acapara todo. Cuando la luz se va, el hombre se
da cuenta de que está en un edificio del gobierno, con un fajo de papeles en la
mano, hay un pasillo que se extiende a lo largo y al final parece haber una
puerta con un cartel que dice "Oficina". El hombre empieza a correr
en dirección a esa puerta llevado por una sensación de angustia, ansiedad y
tensión, pero cuanto más corre más se aleja la puerta.
Entonces tropieza y mira al suelo (el suelo se resquebraja y
todo cae hacia abajo hecho trizas, hacia lo que parece ser una profundidad azul
e infinita)
"¡Estoy en una pesadilla!"
La tensión del momento consigue que el hombre se de cuenta
de que todo era una ilusión y se logra despertar.
Está solo en casa, levanta las sábanas y un olor muy fuerte
llega a sus fosas nasales. Se ha cagado encima.
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