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martes, 1 de julio de 2014

La casita blanca.

Una hoja verde se esconde tras otra más verde y más cercana a la mirada de un niño que descansa boca abajo en una colina ligeramente inclinada. La gravedad empuja una pelota vieja y descolorida hacia él, e interrumpe su contemplación del césped. 
"¡Pasa!" grita Damián desde la rama más gruesa del árbol que corona la colina. 
El niño contemplativo, bajo un sol intenso y un cielo azul lleno de nubes movedizas, se levanta perezoso, coge la pelota con las dos manos, se gira, y baja por la verde colina en dirección a las blancas casas que en conjunción forman su pueblo. 
"¡¿Dónde vas, tío?!" grita el pequeño desde la rama. "No quiero que juegues más con mi pelota." responde Javi, secamente, convencido y sin la necesidad de dar ninguna explicación extra.
"¡Ayúdame a bajar entonces, que yo solo no puedo!" 
El primer niño, con la pelota entre sus dos manos, se gira, y sin pensarlo dos veces grita "¡toma una pequeña ayudita!" y le lanza la pelota a las pequeñas piernas del otro, que cuelgan balanceándose como un un pequeño columpio para zapatillas. 
El niño recibe el golpe del balón en los pies, sus piernas se van hacia detrás y su cuerpo se precipita hacia delante. Su cabeza golpea entonces el mullido suelo verde y su cuello se dobla hacia detrás en un ángulo demasiado acentuado, casi simultáneamente se apoyan los brazos y el resto del cuerpo en el césped. Pasan un par de segundos sin que se mueva, el otro niño abre mucho los ojos y levanta las cejas, su boca forma un círculo y observa como siguen pasando los segundos y su amigo sigue sin moverse. 
Blanco como las nubes del cielo, se acerca a él, que reposa bocabajo, sin realizar ningún movimiento, y le mueve hacia un lado. 
. . .
La pelota baja la colina, acelerada por la gravedad hasta llegar a un parque en el extremo del pueblo de las casas blancas en el que una señora que se sienta en un banco junto al carrito de su hijo recién nacido la reconoce. Piensa "¿Qué hace aquí la pelota de mi hijo?" la guarda en el compartimento inferior del carrito y empieza a subir la ligera cuesta bajo un cielo que empieza a ser de un azul oscuro, ahora las nubes corren todas en la misma dirección y el viento baja la misma cuesta que bajó la pelota. La madre sube con dificultad la cuesta en busca de su primogénito. 
"¡Javi!" grita a su hijo al verle de lejos y borroso, de pie junto a su amigo Damián, que está apoyado en el tronco de un árbol "¡Bajad que está empezando a hacer mucho viento!", "¡No! ¡Espera mamá!", "He dicho que bajes si no quieres que te castigue una semana entera." grita en respuesta la madre, indignada por la desobediencia inesperada de su hijo, y con la seguridad de que sus amenazas tendrían un efecto directo se da la vuelta y baja la pendiente, pero al llegar abajo se da cuenta de que su hijo no está siguiéndole.
El tiempo ha empeorado mucho, se oyen truenos y se ven rayos lejanos en el horizonte, la madre sube de nuevo la cuesta, indignada y desesperada. Cuando llega arriba no ve a nadie. Su hijo ya no está, y su amigo Damián tampoco. Esto ya no le resulta normal, se alarma, se inquieta, mira para todos los lados bajo unas nubes grises, movedizas y estruendosas. 
De repente un rayo cae sobre el árbol que corona la cima de la colina, la madre, del susto, se cae hacia atrás y empieza a rodar hacia abajo, el carro la sigue de muy cerca. Por suerte es capaz de levantarse y coger el carrito antes de que su hijo recién nacido saliese despedido. Termina de bajar la cuesta, temblando de miedo. Abajo está Javi, solo.
"¡¿Dónde estabas?!, ¡Menudo susto que me has dado nene!", "Lo siento mamá." dice Javi mecánicamente, con la cara pálida, y la mirada perdida. Su madre le coge del brazo y bajo las primeras gotas de la lluvia le arrastra hacia su casa blanca, una casa como todas las demás, igual que la de Damián. 
. . .
La madre de Damián vuelve al parque corriendo bajo una intensa lluvia con dos barras de pan en una bolsa de tela balanceándose de un lado a otro y sube la colina para buscarle donde le dejó. Ya arriba, mira hacia todos los lados desde la sombra del tambaleante árbol, y entonces, de la nada, ve un pequeño cuerpo caer de una rama del árbol que cubría las hojas. La cara del niño se queda blanca y mirándole directamente, la cabeza no está en la posición en la que debería. Ella reconoce a su hijo. La reacción no puede ser descrita de ningún modo, sólo puede decirse que en ese momento sus ojos se abrieron más que nunca y luego se cerraron como jamás, que su boca se abrió y ya no pudo cerrarse y que cayó de rodillas, y que el grito que debió proferir nunca llegó a sonar, ya que el árbol, anteriormente dañado por el rayo, dejó caer una de sus gruesas ramas sobre ella, que con los ojos cerrados, no pudo ver como la brutal fuerza de la naturaleza aplastaba su vida. 
. . .
Y mientras tanto, en una casita blanca de aquél pueblo, la madre de Javi, con la mirada puesta en el cielo, daba las gracias a Dios, de rodillas, por haberle salvado la vida de un día tan atroz en el que casi pierde a sus dos hijos. Y Javi, pálido, con la boca semi-abierta y mirándola fijamente, sin que nadie sepa porqué, empieza a gritar y a reírse, cubriendo el sonido de los truenos con sus alaridos. 

sábado, 19 de abril de 2014

El justiciero

Salgo de casa como cualquier otro día, le lanzo una sonrisa a mi vecina, una señora mayor, mayor que yo incluso. Con cincuenta años ya no ando igual de rápido, y mucho menos con lo poco que como. 
Todos los días hay problemas en este barrio, y hoy no va a ser menos. La gente me considera un loco, todos me conocen, y me dan la espalda. Me llaman "el justiciero" y cada vez que lo dicen se ríen. 
Llego a la puerta den colegio, los niños salen corriendo hacia sus casas. Al otro lado de la acera hay dos hombres vestidos de traje al lado de coche negro y con bolsas de pica-pica en las manos, se las están ofreciendo a los niños. Algunos padres van a recoger a sus hijos a la puerta, cuando pasan por al lado de estos hombres apartan la mirada, con miedo. 
Lo observo todo desde un banco, siento lo mismo que siempre, impotencia, no dejaré de sentirla. 
Ya no aguanto más, me levanto y voy hacia ellos. No se lo esperan y le doy un puñetazo con todas mis fuerzas a uno de ellos en la espalda. Se da la vuelta sorprendido y me empuja al suelo. Los padres pasan muy cerca tapándole los ojos a sus hijos, no hacen nada para ayudarme. 
- ¿Otra vez aquí? - dice el jefe de la pareja. 
- ¿Quién tiene los pantalones en la relación? - respondo. Entonces el que había permanecido callado me pone el pie sobre el pecho y lo aprieta, escupe en mi cara. El otro le ordena que pare, por los niños que hay delante. 
- ¿Quién es el que da por culo de los dos? - insisto desde el suelo. Entonces, el que parecía el jefe vuelve a mi, apoya una rodilla en mis testículos y la otra en mi pecho, y delante de todos los padres y los niños me golpea en la cara hasta que empieza a mancharse con mi sangre.
Tengo la cabeza doblada hacia un lado, permanezco semiinconsciente y tumbado sobre la acera.
Veo a un hombre en traje funerario acercarse a los dos camellos, éstos le dan un par de bolsitas y él las esnifa sin moverse del sitio. Se le dilatan las pupilas y no para de sudar. No puedo moverme, me duele todo el cuerpo, veo como coge a un niño y se lo lleva de la mano. 
Cierro los ojos y pienso en lo que ese hombre podría hacerle al niño, me tiembla todo el cuerpo. Pero aún así hago un esfuerzo, me giro bocabajo y me levanto. Doy unos pasos en dirección al hombre del traje funerario y siento el pie de uno de los camellos en la espalda. Tropiezo pero mantengo el equilibrio. "No vuelvas por aquí." me susurra el silencioso en tono de advertencia. 
Me muevo con cautela tras el hombre y el niño. Les sigo sin ser visto varias calles hasta que entran en el portal de un bloque de edificios abandonado. Los pierdo. Entro en el portal. 
Oigo gritos. 
Oigo los gritos de un niño.
Corro por las escaleras, sigo el sonido de los gritos. 
Llego al tercer piso, los gritos salen de la puerta de la derecha. Golpeo fuertemente la puerta, los gritos paran, se oye un cuerpo caer al suelo. Sigo dando golpes a la puerta, entonces la puerta se derrumba hacia dentro. 
Veo a un hombre de espaldas y a lo lejos, con un maletín abierto encima de una mesa, está temblando. A su lado hay un niño tirado en el suelo bocabajo, con un charco de sangre al rededor de la cabeza. 
Está muerto.
Ya no puedo hacer nada. 
Me muerdo la lengua hasta casi arrancármela para mantenerme en silencio, veo como coge un cuchillo ensangrentado de la mesa y fríamente se lo guarda en un bolsillo. Decido esconderme para que no me vea. Desde donde estoy puedo ver como coge el móvil para hacer una llamada, sólo oigo susurros, pero todavía puedo entender algo en la lejanía.
- Ya he cumplido con mi parte capo, tengo el regalo para tu mujer en el maletín. - dice el asesino.
- Esa hija de puta se va a enterar, ese niño no era mio... nadie me engaña, tráelo enseguida. - responde la voz al otro lado. 
Cuelga y destroza el móvil contra el suelo, está nervioso, temblando con una pistola en la mano. Se mueve sin parar, de un lado a otro. 
Centra su atención en el interior del maletín. 
Tiene los ojos casi en blanco, se ha orinado encima, y no para de blasfemar entre dientes. 
Guarda la pistola en el maletín y lo cierra. 
Se da la vuelta y pasa por mi lado sin verme, temblando y con los ojos en blanco. 
Sin tiempo a sentir lástima por el cadáver del niño, sólo sintiendo rabia, sigo por detrás al del maletín, quiero que me lleve hasta su jefe. 
Le sigo a plena luz del día, desde la distancia, hay mucha gente. Todos se alejan de él. No para de temblar, a los cinco minutos tropieza y cae al suelo. Entre la multitud me acerco y le ayudo a levantarse, no quiero olvidar su cara. Pero él ha visto la mía y tengo que evitarle durante un tiempo prudencial. Le doy la espalda. 
Vuelvo a girarme, le he perdido. 
Está anocheciendo, giro una esquina y le veo de lejos entrando sin el maletín en un bar que hay al lado de un callejón, me quedo en el sitio, desde lejos, sin moverme, no tengo prisa.
Pasan las horas. 
Empiezo a rascarme los ojos, me duelen, y justo cuando dejo de hacerlo veo a los dos camellos salir del bar, corriendo, se meten hacia el callejón para esconderse, van con pistolas y linternas, me quedo en el sitio, esperando. 
Al rato sale el asesino del niño, sangrando y arrastrándose, cogido a las paredes, y le pierdo de vista cuando entra en el callejón. 
Justo entonces me acerco corriendo hacia el callejón, para terminar de matarlo, pero antes de llegar a la esquina suena un disparo. Y asustado me escondo dentro del bar, hay una habitación muy oscura, me quedo allí, guarecido, de pie. Huele mal, pero dejo de pensar en el olor cuando oigo dos disparos más. 
Intento respirar lento, pero siento miedo. 
Estoy temblando de miedo. 
La puerta de la habitación se ha abierto, mis ojos se acaban de acostumbrar ligeramente a la oscuridad y puedo distinguir la silueta de un hombre avanzando a la pata coja con un maletín. No me ve.
Entonces enciende una linterna y veo por primera vez lo que hay dentro de ese cuarto. 
No tengo palabras para describirlo, se me mezcla el miedo y el asco. Las arcadas y las palpitaciones. Puedo oír su respiración agitada, veo como enfoca al maletín y lo abre, entonces pierde el sentido y cae hacia un lado. 
Lo que hay dentro del maletín cae al suelo, y la linterna se queda enfocada hacia la...
Al verlo me derrumbo.
Caigo de rodillas.
Me tapo la cara.
Siento mi cara contra las palmas de mis manos y cierro los ojos, no puedo arrancarme la imagen del cerebro. Me clavo las uñas y grito de dolor ante tal imagen. 
Empieza a sonar la lluvia sobre los ladridos del vecindario, de lejos, el sonido de las sirenas de varios coches de policía que empiezan a acercarse. 







Movido por la muerte.

El cielo está muerto, está oscuro, y yo, con los ojos cerrados, siento una luz poderosa, y un trueno explotando a unos diez metros. Me levanto como un animal acechado, esperando la continuación, esperando la lluvia, pero no llueve. 
Veo algo, un bulto más oscuro que el resto, al lado de un contenedor, no parece una bolsa de basura, me acerco. 
Siento el miedo potenciado al comprobar que es un cadáver, noto una caja en sus pies, palpo algo dentro, tiene una textura extraña, la cierro, intuyo que es un maletín. 
Busco algo de valor en su cuerpo y cuando doy con la cabeza siento por mis dedos su sangre y trozos de huesos moviéndose, sin querer meto el dedo en el agujero de la bala, y lo saco completamente pringado. No siento pena por ese suicida. Me limpio en su manga y sigo bajando la mano hasta que choco con algo frío, es la pistola, me la guardo en la parte trasera del pantalón. 
Acabo de oír unos pasos y veo la luz lejana de una linterna enfocando al suelo, rápidamente entro en estado de alerta, me agacho y observo con atención. Son dos hombres altos, se mueven rápido de un lado a otro, murmullan algo incomprensible, parecen enfadados. 
Se están acercando. 
Pienso rápido. Si ven el cadáver con un disparo en la cabeza y sin una pistola en la mano, van a buscar a quién la haya cogido, y sabrán que está cerca, ellos también habrán oído el disparo. Así que debo de esconder el cadáver. 
Lo intento levantar para echarlo al contenedor pero pesa demasiado, es imposible, sólo puedo arrastrarlo. 
Están más cerca, las luces de sus linternas están enfocando a los pies del muerto, pero todavía no lo han visto. 
Lo cojo de debajo de los brazos y retrocedo hacia mis cartones todo lo rápido que puedo para esconderlo bajo ellos, me han oído. 
Vienen hacia mi, las luces de las linternas tiemblan en las paredes del callejón. 
- ¡Eh! ¡Eh!, ¡no te muevas! - grita uno de los dos, parece que es él quien lleva la voz cantante. 
Todavía estoy cogiendo el cadáver por las axilas cuando una luz choca directa contra mis ojos.
No veo nada. 
El hombre sigue gritando, cada vez siento sus gritos más cerca. No siento miedo, pero entonces oigo un disparo. Y justo después noto un terrible dolor en mi rodilla, ya no puedo seguir sosteniéndome, caigo hacia atrás y el cuerpo cae encima de mi. 
Me aguanto los gritos de dolor y noto como la sangre se me acumula en las extremidades, aprieto los dientes, intento frenar mi respiración, aunque sé que no puedo. 
Oigo los pasos de alguien acercándose, preguntan. "¿Dónde está el maletín?". 
El maletín está entre el cadáver y yo, pero no pienso decir nada. Esta vez será sangre por sangre, oculto bajo el suicida, cojo la pistola de mi espalda y me preparo. 
- ¿Dónde está? - grita agresivamente, mientras le hace un signo a su compañero para que mueva el cadáver de encima. 
Rueda hacia un lado y quedo al descubierto con el revólver apuntando a Dios. 
Dos disparos, limpios. 
Caen los cuerpos al suelo, suena el metal de sus manos contra el cemento, una linterna se rompe y la otra queda apuntando hacia el fondo del callejón, la cojo, y también cojo el maletín. 
Si han dado sus vidas por él, tiene que tener algo muy valioso. 
Me levanto y cojeo hasta la farola que da a la calle, no hay nadie, deben de ser las cinco de la mañana, se oyen perros ladrar al fondo, puede que los disparos les hayan puesto nerviosos. 
Cada vez siento el dolor más agudo en mi pierna, giro a la derecha y veo la puerta de un local abierta, me cuelo, está vacío. 
Me introduzco hasta el fondo, arrastro mi pie, que cada vez sangra más, abro una puerta y entro en una habitación oscura. Me tropiezo con algo metálico y siento un olor ácido, a vómito. Me aparto un poco y me siento a descansar. Cada vez siento menos mi cuerpo. 
Enciendo la linterna. 
Estoy enfocando hacia mi pierna, una sangre violeta, oscura, sale de ella a borbotones, empiezo a ver puntitos brillantes y todo se oscurece un poco más. 
Reclino el cuerpo y miro a un lado.
No.
No puede ser.
Es un monstruo, inmóvil. 
La imagen de un rostro blanco, morado, rojo y negro se materializa a diez centímetros de mis ojos. 
Los cierro como en un mal sueño y los aprieto con todas mis fuerzas, siento la vida escaparse de mi a cada esfuerzo. Incluso con los ojos cerrados sigo teniendo en la mente la imagen de esa cara. Cada vez tengo menos fuerzas.
Tengo mucho sueño.
A la vez siento un asco terrible por todo, el olor, esa imagen, me encuentro fatal. Necesito una medicina, necesito algo.
Abro el maletín para ver que hay dentro y.
No puede ser, es imposible.
Siento un mareo muy grande, lo cierro. Giro la cabeza hacia un lado y veo de nuevo al monstruo, entonces siento como mi corazón acelera. Abro los ojos ante la oscuridad y de repente, para. 
Ya no lo noto latir. Tengo miedo, frío, caigo de lado, encima del monstruo, y con el maletín en las piernas, ya no veo nada con los ojos abiertos. También dejo de oír, dejo de sentir el suelo bajo mi cuerpo, el vómito deja de oler y dejo por fin de notar el sabor a sangre en mi boca. 






miércoles, 16 de abril de 2014

El maletín.

No. No puede ser verdad. No puede ser así. 
Lo meto dentro del maletín, me lo pongo bajo el brazo, y salgo. El suelo se mueve bajo mis pies, me dejo llevar. Mi frente suda, estoy nervioso. Me siento observado, choco mis hombros con todo aquél que pasa a mi lado. Paso por al lado de un escaparate y me observo en el espejo, el traje del funeral parece arrugado, mi cara blanca y el maletín sospechoso. Sigo avanzando en la jungla de miradas y tropiezo. Caigo sobre el maletín y se abre, la gente lo ve y abre la boca al instante, los niños se acercan, los mayores huyen. Lo cierro casi al instante, y la gente dirige sus miradas a mi. Miro para todos los lados, doy vueltas en un punto, me siento rodeado.
Esto no puede estar pasando.
Corro entre el bullicio y la gente se aparta con miedo. Me siento cada vez con menos fuerzas y cada vez más rodeado. Paro agotado, mis músculos ya no responden, mis suspiros son profundos, mi corazón hace un redoble y caigo al suelo. Encogido sobre mi maletín, resguardando mi tesoro. Pienso. Intento pensar. Desisto y, abrazo con todavía más fuerza mi maletín. Entonces oigo la voz de un transeúnte preguntando qué tal estoy y vuelvo a la realidad. Me levanto fingiendo tranquilidad, sacudo mi pantalón y vuelvo a andar despacio, sin haber respondido al transeúnte, que me dirige una mirada de incomprensión antes de volver a sus cosas. 
No sé donde estoy. 
Sigo andando, ahora hay menos personas paseando por las calles. Avanzo mirando al suelo, pienso en que ojalá nada de esto hubiera pasado nunca, ojalá no hubiese muerto, ojalá fuese yo el muerto. 
Pero su asesino tiene que verlo antes de morir, tiene que ver lo que hizo y ser consciente. 
No puede escaparse, no puede huir de la verdad, no debe. No debería. No si yo no se lo permito.
 
Ya estoy cerca del bar dónde él hace sus negocios. Mis nervios no me traicionan, todavía no, llevo el maletín de cuero bajo el brazo, pero no pienso entrar en ese sitio con el maletín, lo dejo en un callejón, detrás de un contenedor y me lanzo, sin pensar demasiado, a la puerta del bar. 
- ¡Pero mira quién ha venido! ¿Has conseguido la mercancía? ¡Cachearlo! -
- Lo tengo pero no está aquí.- Las miradas de los dos hombres que le cachean se cruzan entre ellas y el que manda de los dos le dice al jefe que no tengo nada. 
- ¿Dónde está? ¿Quieres que te torturemos? -
- No diré nada, ya no me importa mi vida, solo quiero hacer una cosa antes de morir. -
Veo como su mirada se pierde bajo mi mandíbula, como acaricia su perilla pensativo y.
- No, no vas a engañarme. No quiero saber cuál es esa cosa. - 
- Y no la vas a saber. - Contesto. Se hace un silencio, un hombre tan poderoso, desafiado por un fantasma. Vuelve a tocarse la perilla y me da la espalda mientras grita "¡Llevadlo a la caja!"
Me arrastran, me agarro a las paredes, intento morder sus manos, arañar sus caras, pero uno de ellos me golpea la cabeza y pierdo el sentido. 


Despierto con un dolor terrible en todo el cuerpo, intento moverme y no puedo, noto mis brazos pegados a mi costado y mis rodillas presionadas contra mi cara, solo hay un agujero por el que puedo mirar, y solo veo sombras. Percibo un ligero balanceo, estoy colgando del techo. 
Se enciende la luz. 
Pasan unos segundos, no cierro los ojos, quiero ver la cara de ese hijo de puta, pero sólo oigo su voz viniendo desde atrás. 
- ¿Nos vas a decir dónde está? - Se produce un silencio. 
Me sacudo de rabia dentro de la maldita caja pero no logro que se balancee siquiera. 
La luz se vuelve a apagar, y oigo una puerta cerrándose. 

Cierro los ojos y empiezo a pensar. 
Pero vuelve a abrirse la puerta y entra el capo, esta vez sin decir palabra. Se pone delante del agujero desde el que puedo mirar y se ríe. No digo palabra, me escupe a los ojos, los cierro, y se vuelve a reír. Permanezco en silencio. Empieza a golpear la jaula, juega con ella como un niño con un columpio, me da vueltas, cada vez más rápidas y no deja de reírse. 
No puedo evitar marearme y acabo vomitando, lleno la caja de esa sustancia y me pringo entero. Él capo ahora ríe mucho más sonoramente, pero toca la caja con asco.
Llama a uno de sus hombres para que me gire mientras él ve como sufro. 
Oigo como se apoya en una esquina, y yo no paro de dar vueltas y más vueltas. Oigo las voces de sus hombres añadidas a su risa, forman un sonido muy parecido al de una manada de hienas. 

Entonces algo increíble ocurre, la caja de hierro, debido a su peso, ha tomado una velocidad increíble, la cadena del techo ya no puede seguir aguantándola y se rompe. 
Salgo volando y doy a parar con la cara sonriente del capo, caigo sobre él como una bomba atómica y destrozando su cráneo. 
Ruedo como un dado y me quedo mirándole, mareado pero consciente de todo. 
Veo como su cara se ha hundido hacia dentro, ya no tiene nariz y sus ojos son dos hilos de baba blanca colgando sobre sus pómulos, veo su lengua mover sus dientes hacia un lado y todo su cuerpo empieza a dar sacudidas. Un sonido gutural inunda el cuarto, sigue dando botes sobre la moqueta tiznada de rojo durante un buen rato, las sacudidas cada vez se repiten en periodos de tiempo más largos, la voz gutural desaparece y con ella viene la última sacudida. Su cuerpo queda tendido en el suelo y su sangre empieza a entrar en mi jaula mezclándose con mi vómito.
No puedo evitar dibujar una sonrisa en mi cara. Y entonces la luz se vuelve a apagar y oigo como se cierra la puerta. 
Con el golpe, la caja se ha abierto, pero los dos guardaespaldas zoquetes no se han dado cuenta, salgo tullido y callándome mil gritos de dolor y me apoyo contra la puerta, oigo como llaman a la policía sin dar sus nombres y como huyen de la escena, son sólo ratas asustadas. 
Espero un tiempo prudencial y salgo a la calle. 
Es de noche, las farolas alumbran lo suficiente y cojeo hacia el callejón para coger mi maletín. 
No he conseguido que viera lo que tenía que ver, su creación.
A oscuras en el callejón, abro el maletín, y palpo lo que hay dentro, un misterio en la oscuridad.
Mi corazón da un vuelco y vuelvo a cerrarlo. 
No puedo olvidarlo. No puedo vivir con ello. Abro de nuevo el maletín. Cojo aquello con mi mano izquierda y el revólver con la derecha. No veo nada en la oscuridad y presiono el cañón de la pistola contra mi sien. 
Aprieto el gatillo y. 
El arma de fuego me ilumina para que lo vea por última vez. 








lunes, 13 de enero de 2014

Cristales

Abro los ojos y salgo de nuevo, una vez más, de casa. El cielo está estático sobre mi cabeza, las nubes blancas, quizá más que de costumbre, el cielo azul, quizá más que de costumbre.
Mis zapatos brillan en contraste con el barro que las fuertes lluvias han dejado por las aceras de todo el pueblo, el ambiente es húmedo y fresco, no hace calor, ni frío.
Estoy pensando en el miedo que me producen los espejos por la noche. Creo que son donde los espíritus se esconden, y desde allí, en forma de reflejos, nos hablan en susurros para no dejarnos dormir.
Las fachadas de los edificios, mojadas, me trasmiten tranquilidad en un ambiente tenso, con su silencio intenso. Me hacen sentir seguridad.
Mis pasos, el sonido de mis pasos, suena rítmico. Tan solo suena un tono por encima del sonido de mis latidos. Mi respiración sigue su curso, invariable.
Me deslizo sobre las calles, atravieso callejones, sin sacar las manos de los bolsillos de mi gabardina, sin mover mis gafas de sol, sin dirigirme a nadie, irreconocible, me sigo adentrando hacia el fondo del corazón de ese lugar ambiguo al que llaman centro.
Mis manos se empiezan a mojar, por la humedad o por el nerviosismo, o por una mezcla de ambas. Mi sombrero se desliza un poco hacia delante, y saco las manos para devolverlo a su lugar. Entonces percibo el miedo que me empieza a devorar, es entonces cuando veo mis manos temblorosas y frías salir de mis bolsillos, y cuando al fondo de una calle oscura veo moverse una silueta roja arrastrando un tridente, y veo como desaparece tras la esquina.
Sigo andando hacia esa esquina, tras volver a meter mis manos en mis bolsillos y con el sombrero recto. Sigo deslizándome y oyendo pequeños susurros. Tropiezo. Se me ha caído el sombrero al suelo, ha quedado de pie, me inclino para recogerlo, sudoroso. Visto desde arriba, mi cuerpo forma una flecha hacia la última esquina que he mencionado. Lo levanto y justo debajo hay un cristal, con un fondo negro, que refleja el sombrero.
Muevo el sombrero. Y veo dentro del cristal a ese demonio rojo, con el tridente, me mira y me hace un signo con el dedo para que vaya hacia él desde la misma esquina que antes, entonces, vuelve a desaparecer tras la esquina.
Me arrodillo ante el cristal, lo levanto para mirar mi cara, pero en el cristal solo veo la esquina, muevo el cristal y tras él está la esquina. Olvido el cristal y sigo hacia delante.
Pasos repetitivos me arrastran, oigo mis latidos, mi respiración y la goma de mis zapatos contra el suelo, oigo el silencio. Llego a la esquina. Me paro.
Recuerdo el cristal y lo saco de mi bolsillo, pegado a la pared de la esquina, levanto el brazo con el cristal en la mano para intentar ver lo que hay al otro lado. Veo que no hay nada.
Doblo la esquina mirando al suelo, y algo me frena, una sensación. Levanto la mirada y ahí está, a unos centímetros de mí, me mira desde arriba, es alto y rojo, muy rojo. Del color de la sangre.
Y saco los brazos de mi cuerpo para golpearle, le golpeo y se dobla hacia delante, le doy un segundo golpe y cae al suelo, me precipito sobre él y empiezo a darle golpes a su cabeza, empieza a tener espasmos sobre el suelo, yo sigo golpeando su fea cara hasta que deja de tenerlos.
Entonces muevo un poco hacia atrás su cadáver y lo arrastro, llevándolo conmigo, dejando un rastro rojo sigo avanzando por las calles.
Pero me giro y vuelve a respirar, lo suelto. Se levanta antes de que le vuelva a golpear y me quita el cristal de la mano, lo deja en el suelo y escapa.
Me quedo quieto, mirando hacia donde ha escapado, y entonces miro al suelo, y veo otra vez el cristal, y en el cristal me veo a mí, mirando al suelo, a un cristal, y miro al cristal dentro del cristal, y me vuelvo a ver a mí.
Y una sensación extraña se adueña de mi, saco la vista del cristal.
Miro arriba. Al cielo, y me veo desde dentro del cristal a mí mismo, estoy mirando hacia arriba, hacia el mismo cristal que miro yo, entonces veo como algo rojo se mueve detrás de mi reflejo. Me giro.

Pero ya es demasiado tarde, el hombre rojo ha cogido el cristal y me lo ha clavado en la garganta. Caigo de rodillas, pero antes me arranco el cristal del cuello, miro dentro, pero no hay nada, veo mi mano agarrándolo detrás de él. Veo sangre en el suelo, me giro y miro al cielo, y vuelve a estar azul, quizá demasiado azul, las nubes están blancas, quizá demasiado blancas. Dejo de respirar, cierro los ojos. 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El pozo.

No podía olvidarlo, ¿cómo lo iba a olvidar? Se pasó su infancia jugando en el mismo árbol, repitiendo el mismo nombre. Ese árbol con esos símbolos grabados en él eran sus únicos recuerdos de paz. El resto de su vida o no la recordaba o no la quería recordar. Se quedó quieto mirando al árbol, mientras el sol empezaba a secar los charcos de barro. El hedor que desprendía el bosque era duro de aguantar, a azufre, abeto y excrementos humedecidos.
La lluvia había parado, no se podía quedar allí, en el límite con Ozing, estaba prolongando demasiado su descanso, y quién sabe si ahora la bestia saldría de su cueva para volver a por su presa. Se despidió mirando por última vez a los símbolos de su infancia y marchó arrastrándose con sus brazos de león.


En El Bosque los sonidos brillaban por su ausencia, al contrario que en cualquier bosque en el que los pájaros cantan alegres y los grillos y las chicharras componen canciones melodiosas. El chico podía sentir la mirada de los animales acechándole desde lo más alto de los árboles, el sol descendía veloz, como el tiempo cuando queda poco. La luz era absorbida por la oscuridad mientras el joven no dejaba de penetrar al corazón del bosque. Pronto llegó la noche, el cielo ennegreció y por fin comenzó a sonar la fauna, criaturas nocturnas merodeaban por todos lados. El chico no estaba asustado, no tenía nada que perder, y además, estaba acostumbrado a la oscuridad y al hambre. La sensación del barro frío en sus dedos era agradable, en realidad cualquier cosa era más agradable que el tacto del hierro. Su vista se adaptó rápidamente a la nueva situación y pudo ver criaturas con alas y dientes afilados en los árboles, había decenas, y en el suelo había centenares de insectos que nunca antes había visto. Limpió de barro su mano en su espalda, alargó el brazo hacia delante, y cogió uno de esos bichos de unas dimensiones cercanas al tamaño de su mano, del primer mordisco le arrancó el caparazón, luego succionó su interior, cogió otro del mismo tipo, y otro, su sabor era repugnante, pero comerlos le ayudaría a sobrevivir.
Pero también necesitaba un escondite, siguió arrastrándose. Pronto llegó a un claro iluminado por la luna, siguió arrastrando sus pesadas piernas que le parecían las de un hipopótamo por la tierra húmeda hasta que llegó al centro del claro, allí había un pozo, con agua, pasaría allí la noche.

El pozo era su escondite favorito cuando de pequeño jugaba en El Bosque, era capaz de aguantar varios minutos bajo el agua, como un cocodrilo, nunca nadie le encontró, y ahora, después de años intentando dejar de respirar para morir, estaba más que entrenado para engañar a sus captores. Entrando al pozo volvió a ver el jeroglífico, lo que le recordó el significado de su nombre. Entró en el pozo y se sujetó con los brazos haciendo palanca en las paredes circulares. Entonces, bajo el agua, notó sus piernas por primera vez, sintió la necesidad de salir afuera y comprobar que podía andar, pero al asomar levemente la cabeza pudo notar una mirada salvaje, iluminada por la luz de la luna, la mirada de la bestia más feroz de Ozing. 

martes, 17 de diciembre de 2013

El escondite.

En realidad no quería seguir viviendo, pero ahora un impulso más grande que toda esa desesperanza le guiaba. Arrastró su cuerpo por las cenizas, deslizó su carne desnuda por las piedras y el barro. La tormenta no cesó, se podría incluso decir que aumentó en ferocidad. Quizá alguien allá arriba no le quería fuera de su fría y gris caja. Pero eso no importaba, siempre y cuando él pudiera seguir eludiendo su destino, siempre que esa pequeña luz que se encendió en su cerebro al caer bajo la lluvia no se desvaneciera. 
Ozing era un pueblo rodeado por un bosque al que llamaban, El Bosque. Lo llamaban así porque no había otro bosque, la gente de Ozing, era de Ozing, y no tenían porqué siquiera saber que existían nada a parte de Ozing. Los charcos eran cada vez más profundos, si no se conseguía poner de pie, acabaría ahogándose en cinco centímetros de profundidad. Entonces vio al fondo el árbol donde de pequeño solía jugar al escondite, allí era donde esperaba que los demás se escondieran. Imaginó por un momento que volvía a esa época, en la que todavía tenía la esperanza de ser feliz. Pero no dejaba de llover, y su mente volvió rápidamente a la realidad. Su corazón latía tan rápido como el de un animal perseguido por su depredador. Un devastador rayo cayó a diez metros de él, sobre el pararrayos de una casa derrumbada, y sus glándulas suprarrenales liberaron tanta adrenalina que adquirió la fuerza de un león en los brazos. Impulsó todo su cuerpo, sus piernas le resultaban tan pesadas como las de un hipopótamo, pero eso no le impedía seguir avanzando, abrió la boca bajo el sol y la lluvia, como un cocodrilo, y bebió tanta agua como quiso. Siguió arrastrándose con los brazos y sufriendo el roce de las piedras y la gravilla del suelo hasta que llegó a los árboles. Allí apoyó la espalda contra el tronco que en su infancia utilizaba para contar hasta cien. Escuchó durante horas los truenos caer, mirando a sus pies, sin poder moverlos. Observando, sin sentir nada, todas las heridas de sus piernas.  
Al menos no moriría de sed, pero debía de encontrar el modo de no morir de hambre antes de que fuera demasiado tarde. Entonces se giró a mirar el árbol y vio algo escrito, algo que él escribió en su infancia, algo que todavía estaba en el olvido, pero que de repente le recordó que debía de seguir luchando. 

lunes, 16 de diciembre de 2013

Ozing y la bestia.

Y otra más. Tras ochenta repeticiones, sus músculos dejaron de responder. Cayó de rodillas al suelo, una gota de sudor bajó por su frente y él subió la cabeza para mirar desafiante a la barra que, junto con la gravedad, le planteaba un reto constante. Saltó de las rodillas a los pies, en cuclillas, un impulso y otra vez arriba, colgado, quieto. Intentó subir una vez más, pero sus brazos no le dejaban, decidió mantenerse en el aire, inmóvil, hasta que sus dedos se resbalaran. Tras un cuarto de hora, volvió a caer, con los brazos temblorosos. Miro las palmas de sus manos, enrojecidas por la fricción, entumecidas por el esfuerzo. Así acabó el entrenamiento ese día. Se levantó y fue a coger una naranja del frigorífico, el frío relajó levemente sus músculos. Arrancó y escupió la piel con sus dientes afilados, una vez desnudó la fruta, la tragó de un solo bocado, no le supuso esfuerzo, las proporciones de una naranja no suponían nada para él. 
Se repetía que valía la pena, en su mente, sin parar. Todo este esfuerzo tendrá una recompensa, repetía una vez tras otra. Otra naranja, un litro de agua, cuatro chuletas de cordero, seis huevos fritos y otra vez a la barra. 
Para él, los días pasaban rápido bajo esta monotonía, pero no para su preso, que vivía a diario en el infierno. Éste tendría unos quince años, estaba en la edad de salir a jugar con sus amigos, pero en lugar de eso, pasaba los días encerrado en una caja de metal con un agujero del tamaño de una pelota de golf para respirar, y meter sopa triturada. Lo suficiente para sobrevivir. Su destino ya estaba escrito, nunca saldría de esa caja, si hubiese podido se habría suicidado hacía mucho. Él no lo sabía, pero llevaba en esa caja más de dos años, había perdido toda su fuerza y todos sus músculos, subsistía gracias a sus instintos, que no le permitían cerrar la boca cuando llegaba la comida. 
Años atrás era un chico feliz, envuelto en regalos todas las navidades, hasta aquella navidad en la que la chimenea no se encendió, esa navidad, llegó él. Cuando alcanzó la puerta la derribó, su padre y su madre se quedaron sentados, esperando el fin, conocían su destino, una muerte horrible a manos del monstruo más fiero de aquél rincón llamado Ozing
Aquél monstruo, nadie sabe si por piedad o por el placer de verle sufrir durante años, dejó vivir a aquél niño. Encerrado, sin dignidad, sin valores, con una sola cosa en la mente, la muerte. Pasaron años, y el gran monstruo siguió con su entrenamiento, cada año que pasaba, era más grande. Y aquél niño de nombre desconocido, más pequeño. Esta bestia no tenía un nombre, sin amigos, nadie necesita un nombre. 
Y llegó el día, en Ozing una gran tormenta se estaba formando. El cielo ardía, rojizo, y luces descendían acompañadas de sonoros golpes. En cuanto la bestia lo escuchó, empezó a gruñir palabras en un idioma arcaico, se arrodilló y empezó a golpear el suelo. Golpes de terror que hacían que el suelo se moviera, que la jaula temblara. Más y más golpes hicieron que incluso la jaula del niño, que ahora ya tenía veinte años, se tambaleara y cayera de costado. Cuando el monstruo percibió que la jaula se cayó de lado corrió a ponerla en su sitio. 
La bestia estaba inquieta, sabía que esa tormenta no traería nada bueno. Y entonces, hizo algo incomprensible. Abrió la caja del niño, lo sacó de ella y lo arrastró hasta la calle, lo dejó allí, bajo la lluvia y los truenos, ante una muerte segura. Se había cansado de él, o quizá pensó que la traía mala suerte y por eso había llegado Dios con su furia.
La puerta se cerró de un fuerte golpe metálico, del cielo caía un mar que incluso le dificultaba la respiración al joven. Sus piernas no le dejaban casi moverse, empezó a andar y todo le dolía, cayó al suelo y siguió arrastrándose. Deslizándose a través de los hierbajos. Aquél pueblo, Ozing, ya no era nada, las casas en las que él había estado jugando con sus amigos en sus niñez ahora eran pasto de las llamas, cenizas mojadas bajo el día del juicio final. Entonces, como por arte de magia, una luz se encendió en el cerebro del chico, una tenue luz que iluminó todo su interior, un valor, que le animaba a continuar. Un instinto humano distinto al hambre despertó en él por primera vez en siete años. Venganza. 

viernes, 13 de diciembre de 2013

Déjame respirar

Abre la puerta con una mano, con la otra sostiene un candelabro que ilumina levemente la madera roída por los años de la antigua mansión que una vez perteneció al abuelo de su abuelo. Las paredes están llenas de cuadros al óleo, con un fondo de papel decorativo con patrones barrocos. Las telarañas se acumulan en los techos, la humedad condensa el ambiente. Sillas de madera con respaldos demasiado alargados y mesas excesivamente amplias, sonidos de madera crujiendo, imágenes de un pasado lejano en el olvido. 
Deja atrás el gran comedor y llega a las escaleras de caracol que conducen hacia la planta subterránea. Aquí la oscuridad aumenta y la llama de la vela se acentúa. Siente un soplido en la nuca y se gira, es el abuelo de su abuelo, en un cuadro de la pared, sonriendo alegremente, como si nunca fuera a morir. Vuelve a mirar hacia el interior del cuarto, a sus lados barriles de vino, envueltos en polvo y telarañas, al fondo un marco sin nada en su interior, solo oscuridad. Da unos pasos hacia delante y siente algo blando bajo sus suelas, enfoca la vela hacia abajo para mirar y ésta cae al suelo. Siente un frío intenso y se agacha para cogerla lo más rápido que puede, se ha roto y ya no queda mucho de ella. Comprueba que bajo sus pies solo hay madera, y que todo había sido una rara sensación. Se acerca paso a paso al marco oscuro. Cada paso supone más oscuridad tras de sí, pero no más claridad tras el marco. Llega al borde del marco, en una mano la mitad de una vela a punto de consumirse, con ésta enciende el otro trozo, ahora tiene dos, una la lanza a través de la puerta, pero su luz se extingue de súbito al traspasar el marco, la que tenía en la otra mano la devuelve junto al resto de su cuerpo. Entonces, con delicadeza, mete la mano en la que tiene la vela y ve como se apaga la última luz de su esperanza. Entre tanta oscuridad, siente frío, agobio, impotencia y corre hacia atrás hasta que ve una luz, es una vela en una pared, ¿qué hace una vela en esa pared? la coge y sigue hacia las escaleras, pero no están, mira al fondo y hay un marco de puerta con un interior negro. Sigue hasta el marco, se desespera, se vuelve a girar, vuelve atrás, ve otra pared, con otro marco negro, en un momento se encuentra rodeado de paredes desnudas con portales oscuros. La vela se está a punto de consumir en su mano, se acerca a uno de los marcos negros y siente el frío en su cuerpo, la vela se apaga y él entra por la puerta, al mundo de las sombras. Siente el vacío bajo sus pies, una caída ilimitada, un infinito final entre la negrura más intensa, la muerte. 

El Único.

Solitario, como el sol. Desprende luz, es un tipo un tanto extraño. Camina por las calles con las manos en los bolsillos mirando a través de sus gafas de pasta, juzgándolo todo. Nadie le quiere cerca, él, quema. Los árboles se prenden a su paso, los perros le ladran, pero no se acercan. El tiempo se para cuando pasa él, le llaman, el Único. 
Se sentó en el banco y esperó a que pasara alguien. Una chica muy guapa llegó, meneando su trasero de un lado a otro, haciendo flotar su holgada minifalda blanca. Su melena rubia ondeando en el aire, su belleza angelical, su rostro perfecto, con perlas en su boca y diamantes verdes bajo sus cejas. El destrozador bajó lentamente sus gafas de sol y miró el espectáculo boquiabierto. Se preguntó: ¿Cómo puede ser un ser tan bello? Se enamoró. La miró y sonrió. Ella respondió con otra sonrisa, se sentó a su lado y le preguntó por su procedencia, el le contó que venía de otro planeta, un planeta en el que la belleza no era tan asombrosa como en este. La chica sonrió humildemente, confusa, medio asustada. Él volvió a hablar '¿De dónde eres tú?' la chica le contó la verdad, ella era de esa misma calle, había nacido allí hacía dieciocho veranos y diecisiete inviernos. 
Él no pudo resistirlo durante más tiempo, un fuego le ardía el vientre, el sol que había estado desprendiendo ahora lo tenía dentro de su estómago, tenía que sacarlo. Abrió la boca y salió un amarillo rayo de luz que iluminó la cara de la chica. Esta se asustó y se echó atrás en el banco. Pero no pudo ir más lejos, porque él ya la tenía agarrada por la cintura. La llevó hacia sí mismo y le pasó su fuego interno. Ambos ardieron en un instante y renacieron de las cenizas para mirarse a los ojos. La pasión fue tal, que cuando el beso acabó ya no estaban en el banco, sino en una cama. Se frotaron, se acariciaron, se besaron, se mordieron, se chuparon. Las sábanas naranjas sobre la espalda de él, rojas bajo la espalda de ella. Contaron uno, dos, tres, perdieron la cuenta. Y al acabar, todo se apagó. El Único había perdido su luz, un aura gris le rodeaba ahora, entre cuatro paredes oscuras y una ventana cerrada, junto con su chica, se abrazaron, para evitar el frío del amor. 

Ralón.

Entre dos montañas está Ralón, dividido por un río, la selva a un lado y unas pequeñas infraestructuras al otro. En estas pequeñas casas viven los pocos habitantes que tiene este pueblo, pero no todos. Hay quién como Ozing, vive en libertad, en el lado verde de Ralón. Esos son los repudiados, la basura de la sociedad, los temidos. Mientras que en las casas viven los civilizados, en una sociedad artificial construida con mentiras. Los pobres en las calles beben vino barato y sueñan con entrar en las casas de los ricos a dormir.  A Ozing le dan asco, para él son seres indignos de vivir. Uno de estos asquerosos es Tuot, nació en la selva y migró al otro lado para conseguir una vida mejor, pero, ¿a costa de qué? Perdió todo su orgullo, acabó durmiendo en las aceras, de rodillas ante los ricos que pasaban sobre él como sobre las rayas del paso de cebra. 
Tuot pensaba que sus sueños se cumplirían algún día, tenía esperanza. 
Ozing soñaba con limpiar el nombre de su gente, soñaba con deshacerse de todos aquellos que le humillaban perdiendo su orgullo ante esos despreciables seres altaneros que les sobrevolaban. Las casas de hormigón sin ventanas dejaban claro que nadie quería a un despreciable vagabundo venido de la selva como compañía. 
Las noches pasaban lentas entre tanta angustia y tanto sufrimiento. En la selva no lo pasaban mucho mejor. La vida entre animales solo les aseguraba alimento, pero también les ponía en un estado de alerta continuo ante el ataque de cualquier animal salvaje. Las hojas verdes de los árboles les cubrían de la luz intensa del sol, mientras que a los vagabundos de Ralón solo les cubría las sombras de sus superiores, las sombras de lo inalcanzable. 
Cierto día, Ozing decidió cruzar el río. Al otro lado le esperaba la humillación a su especie. Debería afrontarla lo mejor que pudiera...
'¿Qué haces aquí Ozing?' preguntó Tuot con la cara llena de magulladuras y tembloroso. 'He venido a por ti a sacarte de esta mierda de vida' murmuró Ozing sintiéndose vigilado por los altos edificios. 
Entonces Ozing le cogió y se lo echó al hombro, Tuot no pesaba casi nada, así que no le costó robarlo de aquél amasijo gris. Cruzó el río por la parte menos profunda y lo subió a un árbol, allí le dio de comer sopa, le cuidó durante días. 
Al principio Tuot estaba paralizado, parecía asustado todo el tiempo, no parecía ser consciente de nada. Pasaron los días y poco a poco retomó el color marrón de los árboles que le servían de hogar. 
- '¿Cómo pudiste acabar así Tuot? nosotros soñábamos con una vida mejor.' Tuot quedó pensativo y al cabo de un rato respondió.
- 'Creo que me hipnotizaron.' 
- '¿Como te hipnotizaron?' respondió Ozing asombrado. 
- 'Tienen colores y palabras en las paredes que te dicen lo que tienes que hacer.' 
- 'Eso es imposible, ¿me estás diciendo que utilizan brujería?' 
- 'No, no es brujería, lo llaman publicidad.'
Ante tal descubrimiento, Ozing repentinamente tuvo la certeza de que para conseguir sus objetivos tenían que hacer una sola cosa. 
- 'Tenemos que destruir la publicidad para liberar al otro lado de las sombras.'  

Quiero, quiero, quiero.

Quise vivir tranquilo, hacer lo de siempre, tener un trabajo, una chica, un hijo, un piso, pero...
Lo fácil me cansa, me aburre, me deprime, me entristece, me oscurece, me mata.
Ahora quiero volar, viajar a la luna, follar hasta no poder más, no depender de nadie y la verdad es que...
Lo difícil me despierta, me activa, me motiva, me divierte, me ilumina, me da vida.

martes, 26 de noviembre de 2013

Azul.

Olas rompen contra el casco del navío, truenos anuncian la llegada de un inminente desastre. La lluvia baña las cubiertas del barco, las sirenas llaman a la tripulación, que intenta mantener el equilibro agarrándose a dónde pueden. El capitán, desde su timón, a través del cristal empañado de la cabina de mando, ve un remolino enfrente, ya están todos a buen recaudo dentro del camarote principal. El barco entonces se inclina hacia delante, todas las cajas, utensilios, cuadros y sillas caen hacia el mismo lado, golpeando a cada uno de los marineros y dejándolos a todos inconscientes. El barco hunde la proa en el centro y desaparece lentamente. La tormenta para, el sol sale, las olas se han calmado, un leve viento sopla, el océano está plano, nadie sufre una vez se ha ahogado. 

lunes, 21 de octubre de 2013

Él.

Antes de salir de casa, revisé el cajón, allí estaba, resplandeciente, afilado y frío. Ya tranquilo, lo cerré y salí al trabajo. Otro día más de rutina, lo mismo de siempre, la misma gente con las mismas sonrisas fingidas y las mismas palabras falsas. Solo pienso en mi mujer, espero impaciente a su llamada. Termino el día nervioso, salgo del trabajo y todavía no he recibido la llamada que suele hacerme para preguntarme como me encuentro. Pasan quince minutos en el coche de vuelta a casa y no he recibido ninguna llamada. Un cuarto de hora más tarde estoy en casa, con las llaves en la mano, sin saber donde está mi mujer. Solo puedo pensar en ella. Paro antes de introducir la llave, apoyo la oreja en la puerta. Oigo unos susurros profundos, provenientes del fondo de la casa, quizá hayan entrado a robar. Presto atención más detenidamente y escucho risas y la voz de mi mujer. Me tranquilizo. Pero la tranquilidad solo dura un par de segundos, enseguida empiezo a pensar en la posibilidad de un engaño por parte de ella, quiero asegurarme de pillarlos por sorpresa. Abro la puerta silenciosamente y entro a la casa sin hacer el mínimo ruido. Veo sombras al fondo del pasillo, por el tono de voz supongo que es un hombre el que habla con ella. Quizá un amante. Abro el cajón.
Pero no está, alguien lo ha cogido, me lo han robado. Reina el desconcierto en mi mente. Y ando hacia la puerta de la cocina donde creí haber visto unas sombras, abro de golpe y no hay nadie. Giro el cuello y recorro toda la casa con mis pupilas. No hay nadie, nada distinto. ¿Qué he oído entonces? Empiezo a buscar en toda la casa, al principio nervioso, pero una vez visto que no hay nadie empiezo a sentir miedo. No entiendo qué está pasando. De repente tengo frío, instintivamente me agacho en una esquina del pasillo, todavía con el chaquetón puesto y me quedo mirando al mueble de la entrada donde tenía que estar y no está, y a la puerta. Miro de nuevo el móvil, no hay llamadas. Tiemblo. Saco fuerzas de la nada y me levanto temblando hacia la puerta de la entrada, antes de salir vuelvo a mirar en el cajón y sigue sin haber nada. Abro la puerta y fuera todo es oscuridad, farolas naranjas ennegrecen la noche y la luna no existe en el firmamento, tampoco las estrellas. Un resplandor llega a mis ojos desde la acera, a unos metros está, tirado en el suelo. Me acerco lentamente y lo cojo, al instante dejo de temblar. El móvil vibra entonces. "¿Dónde estás cariño?" digo, todavía alterado por la confusa escena que acabo de vivir. Nadie responde.
Oigo el teléfono colgar.
Ella no está, pero si él, me hace sentir bien, como que ella está de más en mi vida. Entro en casa y me siento en un sofá, lo siento a mi lado y le miro fijamente. Empiezo entonces a escuchar que me habla, nada comprensible. Me acerco más a él, intento entenderlo. Lo cojo y me lo acerco al oído, apoyo su filo en mi cuello y su punta me empieza a decir cosas que no me gustan. Empiezo a tenerle miedo, me dice que mi esposa está con otro, que nunca quiso tener hijos conmigo porque me odia, que me ha abandonado, que él puede ayudarme. No le creo, me está mintiendo, quiere hacerme hacer cosas horribles. Pero entiendo su posición, es un cuchillo de caza, su naturaleza le hace querer matar presas. Empatizo con él, quiero darle un poco de lo que se merece. Con cuidado paso livianamente el cuchillo por mi vientre, sin mirar, siento la fría hoja y la sangre derramándose por mi costado. Vuelvo a acercar el cuchillo a mi cuello y le presto atención. Parece que gime de placer, le gusta lo que le he hecho, pero no puedo seguir haciéndomelo. Entonces escucha la puerta abrirse. Oculto mi cuchillo detrás de la espalda y avanzo por el pasillo. Entonces aparece ella, sola, tan guapa. No oigo a mi cuchillo pero sé lo que quiere que haga. Se acerca y abre los brazos esperando una muestra de cariño, sin decir nada y con una sonrisa en la cara. Permanezco inmóvil, absorto por mi nuevo compañero de vida. Súbitamente abro los brazos y le clavo el puñal en la espalda, puedo sentir la sangre llegar hasta la empuñadura, sus músculos contrayéndose, un grito ahogado en su cara de asombro y estiro hacia abajo con la mano, desgarrando ropa, piel y carne a mi paso, junto con él, ni nuevo compañero. Cae muerta al suelo, pero él quiere más, vuelvo a clavar el cuchillo en la carne, una y otra vez, cada vez quiere más, y más, y más. Presa de la catarsis del momento, clavo el cuchillo en uno de mis muslos y no siento dolor, lo clavo entonces en el otro, y sigo sin sentir nada. Absorto por el cálido sentimiento que me provee esta nueva afición, lo clavo en mi corazón. Mi mano pierde fuerza y cae. Mis rodillas golpean el suelo las primeras, luego el resto de mi cuerpo, oigo los últimos latidos de mi corazón. Mis ojos, sobre la alfombra, solo ven una cosa, el brillo del puñal antes del último suspiro de amor.

jueves, 17 de octubre de 2013

El humano.

Y volé por encima de esos recipientes de cristal, como mi progenitor hizo en su momento, y paré sobre uno de ellos. Contemplé el mundo y me sorprendió su encanto, su grandeza, su lentitud y su estabilidad. Todo es más lento que yo. Nadie me alcanza, levanto de nuevo el vuelo y sé que lo que voy a ver me va a dejar con una sensación de asombro. Elementos enormes, mucho más grandes que yo, pero a su vez inmóviles. Yo no puedo alcanzar su grandeza, pero ellos no pueden alcanzar mi velocidad.
Entonces paro en una superficie fría desde la cual veo luces maravillosas y percibo un olor que me atrae instintivamente. Pero de golpe mi visión se emborrona, todo adquiere un nuevo tono, me pongo nervioso, voy de un lado para otro y parece ser que unas paredes invisibles me impiden avanzar. Choco continuadamente con ellas, puedo ver unas sombras moverse fuera de mi cautiverio, pasan las horas.
Finalmente pierdo la consciencia.
Despierto y todo son colores, me puedo mirar a mi mismo, ya no tengo alas, ni puedo volar, soy mucho más lento y todo es más pequeño. Me levanto de una superficie acolchada y me muevo hacia delante utilizando solamente dos patas. Llego a un lugar repleto de alimentos y allí apoyo mi cuerpo sobre una superficie cuadrada y mis patas delanteras sobre otra con distinta altura. Agarro un recipiente redondo de material transparente y lo dejo caer sobre un punto negro que no paraba de moverse y me molestaba. Lo contemplo de cerca y acabo pensando en como sería ser algo así.

lunes, 7 de octubre de 2013

La noche

Anochece. Sus tetas son mis metas, después de un rato en ellas, me pedirá "que se la meta". Pero no cedo ante sus ruegos, antes quiero lamer y meter uno y luego dos dedos. Araña mi espalda y cedo, subo hasta su cuello, y en la penumbra entro sin previo aviso al agujero. Se estremece y me estremezco, gime y sueño despierto, ojos cerrados y labios entreabiertos. Su cabello me hace unas leves cosquillas. Me aferro a sus caderas, pero mis manos se deslizan por sus piernas hasta sus rodillas, doy otro empujón y chilla: ¡Dios!. Eso es lo que soy para ella en ese momento, la razón de su ser, quiere que me quede dentro. Después cambiamos de postura, cada cual más placentera, ¡qué locura! llegamos hasta el climax despidiéndonos de la luna, de la mejor de las maneras.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Saliva.

Trago. Froto mi lengua contra mi paladar de nuevo y la deslizo por mis labios y vuelvo a tragar. Y mi cerebro vuelve a recordar su cuello, se forma un charco bajo mi lengua y vuelvo a tragar. Y no paro de pensar en su cuello, en la parte de atrás de sus orejas, en sus labios y en su clítoris. Y cuando esa imagen aparece en mi cerebro otro charco se vuelve a formar y vuelvo a tragar. No dejo de pensar en que no quiero seguir tragando. Quiero gastar la saliva que genero. Bañarla entera, que su piel absorba el líquido y volver a bañarla en saliva. Me duermo y sueño con ello, despierto y sueño despierto con ello. Y así hasta que lo consigo, paso unas horas tranquilo y vuelvo a tragar saliva. 

Verdes.

Me despierto. Cojo las gafas de la mesita y con las legañas todavía en los ojos, adquiero una visión borrosa del entorno que me rodea. Todavía tumbado en la cama, con un sudor frío en la nuca, el pelo revuelto y los calcetines por encima del pantalón, respiro dificultosamente del espeso aire que quedó ayer encerrando en mi habitación. Desplazo lateralmente las piernas y busco en la oscuridad del amanecer mis zapatillas de estar por casa con las puntas de los los dedos gordos de los pies, evitando con el mayor cuidado el frío suelo de mármol. Las encuentro, me levanto intentando no forzar en exceso ningún músculo para no permanecer contracturado todo el día y me dirijo a subir la persiana. La luz traspasa el cristal y me quema las pupilas. Desciendo la vista hacia el suelo hasta que se acostumbran a la poderosa presencia del sol en el horizonte que da luz a los objetos y me vigila desde la ventana. Me doy cuenta de que mi boca está pastosa y me apresuro al baño a enjuagarla con agua y lavarme los dientes. Entonces percibo un temblor corporal a la altura de mi ombligo y rápidamente deambulo tropezando con las esquinas en la oscuridad del pasillo hasta que llego a la cocina y rebusco en la nevera el cartón de leche sin lactosa. Me siento con una taza, una cuchara, colacao, galletas y el cartón. Vuelvo a recobrar la vida cuando de unos pocos sorbos y mordiscos hago desaparecer la mezcla de alimentos en mi boca. Es entonces cuando vuelvo a poder pensar con serenidad. Y es entonces cuando en mi mente vuelven a aparecer sus ojos. Y ya no desaparecen hasta que vuelvo a despertar, lejos de ese verde, otro día más.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Lengua.

Cuando no tienes nadie a quién decirle nada, le hablas a tus folios. Ellos no te responden, pero te escuchan. Cuando tu sombra es la única que se mueve, tienes que darle la espalda, e ir hacia la luz para escribir. Ir hacia la luz para seguir viviendo en calma, para tranquilizar tu alma. 
No sé como, pero lo de anoche fue el paraíso y ahora que lo he probado, la vida normal me es deleznable. Estoy agotado, hago la cama con mis temblorosas manos, quedan arrugas, pero no me importa, nadie a parte de mi sombra las va a ver. Nadie conoce mi historia, ni yo conozco ninguna historia a la que compararla, quizá haya más gente como yo ahí fuera. Acabé aquí por mi culpa, estoy pagando a un Dios que no sé si existe por mis pecados, estoy ganándome el perdón de quién dice hablar en nombre de una razón que no objetiva. Todo es oscuro en esta prisión imaginada. Sin ventanas de cristal, sin puertas de madera. Solo barrotes que indican el camino hacia el cielo y hacia el infierno. Yo me he condenado a mí mismo, otra vez. Lo único que no me merecí fue nacer. Mi lengua me trajo aquí, la misma con la que sentí el amor a través de un beso, la misma que me hace pensar que esta vida merece la pena. 
La dualidad marca mi vida. Soy yo quién toma las decisiones, pero no soy yo quien conoce sus repercusiones. Culparme a mi mismo no tiene sentido. Tampoco culpar a otro. Al final del camino no hay culpables, sólo dolor. Cargamos con sacos pesados hasta que los echamos al suelo, y ahí es cuando percibimos el daño en nuestras espaldas. Pero aunque la espera duela, el tiempo acaba difuminando el dolor y acabamos levantándonos de la cama para hacerla con pasión, dejándola lisa. Saliendo a respirar el aire de la ventana, sintiendo la brisa. Para entonces ya hemos cambiado, nuestra lengua tiene miedo de llevarnos otra vez al mismo estado. Por eso se mueve más despacio y besa con mucho más cuidado. 

viernes, 6 de septiembre de 2013

El monstruo.

La verdad me quita el disfraz y me deja al descubierto ante un sol que me destroza. Ese sol es la fuerza de la realidad, que me llega a las entrañas y desmonta todas mis palabras. De las palabras que dije, soy su esclavo. Por eso no le doy la espalda al sol, quiero cargar yo, con mis errores. Quiero sentir los estertores del dolor que me enseñarán la lección. Me duele que mi blanca piel refleje ese sol y hiera a inocentes. Se acercaron a quién no debían. Ahora sé que no debo mostrarme, ellos no tienen la culpa. Soy un monstruo, no he de abandonar la soledad nunca.