¿Qué sería de la escritura sin el "escribir por escribir"?
La gente habla continuamente, simplemente por hablar, por rellenar huecos.
En cambio escribes por escribir sin ningún propósito aparente y te llaman loco.
Pero todo tiene un principio, una parte media y una final. Solo hace falta un contexto y un mensaje, y tengamos en cuenta que el mensaje podría ser cualquier cosa.
Un hombre entra en un bar y dice "¿Alguien me puede dar la hora?"
Hasta aquí sería la introducción, nada raro pasa, me estoy limitando a narrar una escena que podría ser calificada como cotidiana.
Un señor que estaba junto a la barra se da la vuelta haciendo uso del taburete girador que han instalado hace unos meses en el bar y que permanece atornillado al suelo y, le da la hora.
Parece que no pasa nada, he continuado la introducción y la gente espera un "problema" algo que saque la narración de su estructura normativa/normal. De todos modos ya he creado la diferencia entre el lenguaje literario y el lenguaje hablado, he añadido una explicación sobre el taburete que nos da a entender que al dueño del bar le gusta apostar por la post-modernidad.
"Muchas gracias Viejo de Mierda"
Ya está, ya la he cagado, al alejar la situación de la realidad y crear una escena conflictiva he hecho lo que todos hacen y he vuelto a caer en los tópicos.
"De nada, ¿cómo has sabido mi nombre?"
¡Oh! ¡Sorpresa! resulta que "Viejo de Mierda" es su verdadero nombre y no le estaba insultando, eso significa que he encontrado una manera de salir de ese atolladero en el que me había metido al recurrir a lo raro que es lo típico.
"Lo ponía en la chapita de tu camisa"
"Viejo de Mierda, creo que el chaval te está tomando por tonto"
¡Qué demonios! iba a caer en el tópico de todos modos, he creado un conflicto, el barman incita a Viejo de Mierda (quién no sabemos si es viejo realmente) a montar bulla en su propio local (está loco este barman, no lo ha pensado bien).
"¿Me tomabas por tonto, Chaval?"
"Perdona, pero yo no me llamo Chaval."
El chaval se mosquea, no le gusta que no le llamen por su nombre así que decide encararse a Viejo de Mierda.
"Perdona chaval, no era mi intención ofenderte."
El Viejo de Mierda se retracta, el camarero le mira con desprecio. Entonces el pensamiento de que por su propia culpa podría haberse formado una pelea en su propio bar provocando diversos daños se manifiesta en sus pensamientos. La idea de culpabilidad se propaga como el fuego de una cerilla cayendo a cámara lenta sobre el Amazonas bañado en petróleo. Se acuerda de su esposa, la pobre de su esposa que se desvive cuidando a sus hijos y llevándolos al colegio a diario, y limpiando la casa, y haciendo de comer, y aun así tiene tiempo para darle un poco de su amor por las noches.
"Me siento terriblemente solo." dice el camarero en un suspiro casi sordo pero totalmente audible para los presentes (véase Viejo de Mierda, el chaval y un hombre silencioso).
Aquí la historia ya ha perdido todo el sentido que podría tener una historia normal y corriente, creo que al final he logrado salirme un poco de las bases. No cantemos victoria de todos modos.
El chaval sale del bar, ya sabe la hora y no quiere más problemas. No solo eso, también siente miedo por la reacción del camarero, que ha sido totalmente impredecible.
Mientras tanto, la mujer del camarero está en casa mirando la tele. Los comentarios se empiezan a confundir con la narrativa en sí. La mujer no sabe si la telenovela que está viendo está en español o en otro idioma porque ya no entiende nada. Habla con sus amigas sobre la telenovela. Nadie sabe si está casada con el camarero o no, si tiene hijos o si tiene un rollo con el hombre silencioso del bar. Lo habla con sus amigas, que también ven la telenovela, pero no están seguras de nada, no pueden esclarecer sus dudas. Nadie sabe si lo que está pasando es cosa de la telenovela o de la narración, nadie sabe tampoco qué es la telenovela y qué es la narración porque podrían ser lo mismo o lo contrario.
Y bueno, creo que con este final dejo el cuento más que inconcluso. A la vez me surgen dudas, ¿Cómo puede algo inconcluso tener un final sin tener un desarrollo ni siquiera?
A pesar de que muchos piensen que este es un ejercicio narrativo patético, yo pienso que es una buena práctica crítica en relación a las estructuras convencionales de los cuentos.
sábado, 10 de octubre de 2015
viernes, 18 de septiembre de 2015
Mi nuevo yo y el silencio de los corderitos.
Contaminado por las incoherencias de los artículos del PlayGround y sus malévolos títulos engañosos con listas (no de la compra) pero sí de debilidades y fortalezas de los hombres frente a las mujeres y demás chorradas por el estilo, vuelvo para reescribir mi estilo literario y dejaros anonadados con mis mil anécdotas reales que me inventé ayer por la noche porque no me podía dormir.
Os contaré que no, que son reales, pero no me creáis, no hay nada de cierto en todo lo que cuento, lo bueno y lo malo de ser yo es que hablo en términos absolutos, los más avispados ya se habrán dado cuenta pero de todos modos lo digo para que os quede claro y para que los que se han dado cuenta se sientan listos por haberse dado cuenta (los que no lo habéis pillado no os sintáis tontos, en realidad no había nada que pillar, es solo una cuestión de estilo).
Siempre he estado en contra de hablar de uno mismo, pero desde que os he confesado que todo lo que digo son mentiras he decidido que hablar de uno mismo no está tan mal y que podría incluso hablar de mi yo real, no el que me invento para los cuentos sino un yo ficticio que existe de verdad.
Bueno, hasta aquí la introducción, ahora empieza lo bueno, la magra lo llaman los más rebeldes. El caso es que ayer me estaba afeitando los huevos y descubrí que ese alimento no tiene pelos y que además no era una cuchilla de afeitar lo que sostenía entre las manos sino un pepino verde ¿En qué estaría pensando? Nah, en realidad eso no pasó. Pero se me ha ocurrido ahora y he considerado propicio adjuntarlo al conjunto de tonterías o sartá de mendeces que estoy redactando con mucha habilidad y poco criterio.
Esto lo que es en el fondo es relleno, como las conversaciones del día a día, son relleno para que funcione la vida, para dejarnos conocer, para amarnos y para odiarnos el relleno es fundamental y el silencio es la muerte.
Aunque a veces el silencio es relleno, cuando nadie calla.
El silencio es algo común entre los verdaderos intelectuales ya que los que como yo, solo pretendemos serlo, estamos aún dentro de este mundo en el que hay que rellenar y decir cosas que no tienen nada que ver con la intelectualidad, aunque se vistan de etiqueta mis palabras sigo siendo un necio como todos.
Y nunca me dejaré de sentir orgulloso por ello, porque sí, porque las situaciones reales me recuerdan a situaciones de series y libros y no al revés. Por eso soy más asocial que tú, pero no me hace un intelectual. Los intelectuales del hoy en día callan y dejan que gente como yo hable porque eso es lo correcto, porque los intelectuales saben ahorrar energía y sería un desperdicio malgastarla hablando de mí. Porque con sus bigotes y sus camisetas de patrones repetidos guardan silencio mientras ven películas antiguas que parece que tienen buena nota en filmaffinity y que sus padres vieron en el cine de verano.
Os contaré que no, que son reales, pero no me creáis, no hay nada de cierto en todo lo que cuento, lo bueno y lo malo de ser yo es que hablo en términos absolutos, los más avispados ya se habrán dado cuenta pero de todos modos lo digo para que os quede claro y para que los que se han dado cuenta se sientan listos por haberse dado cuenta (los que no lo habéis pillado no os sintáis tontos, en realidad no había nada que pillar, es solo una cuestión de estilo).
Siempre he estado en contra de hablar de uno mismo, pero desde que os he confesado que todo lo que digo son mentiras he decidido que hablar de uno mismo no está tan mal y que podría incluso hablar de mi yo real, no el que me invento para los cuentos sino un yo ficticio que existe de verdad.
Bueno, hasta aquí la introducción, ahora empieza lo bueno, la magra lo llaman los más rebeldes. El caso es que ayer me estaba afeitando los huevos y descubrí que ese alimento no tiene pelos y que además no era una cuchilla de afeitar lo que sostenía entre las manos sino un pepino verde ¿En qué estaría pensando? Nah, en realidad eso no pasó. Pero se me ha ocurrido ahora y he considerado propicio adjuntarlo al conjunto de tonterías o sartá de mendeces que estoy redactando con mucha habilidad y poco criterio.
Esto lo que es en el fondo es relleno, como las conversaciones del día a día, son relleno para que funcione la vida, para dejarnos conocer, para amarnos y para odiarnos el relleno es fundamental y el silencio es la muerte.
Aunque a veces el silencio es relleno, cuando nadie calla.
El silencio es algo común entre los verdaderos intelectuales ya que los que como yo, solo pretendemos serlo, estamos aún dentro de este mundo en el que hay que rellenar y decir cosas que no tienen nada que ver con la intelectualidad, aunque se vistan de etiqueta mis palabras sigo siendo un necio como todos.
Y nunca me dejaré de sentir orgulloso por ello, porque sí, porque las situaciones reales me recuerdan a situaciones de series y libros y no al revés. Por eso soy más asocial que tú, pero no me hace un intelectual. Los intelectuales del hoy en día callan y dejan que gente como yo hable porque eso es lo correcto, porque los intelectuales saben ahorrar energía y sería un desperdicio malgastarla hablando de mí. Porque con sus bigotes y sus camisetas de patrones repetidos guardan silencio mientras ven películas antiguas que parece que tienen buena nota en filmaffinity y que sus padres vieron en el cine de verano.
viernes, 10 de julio de 2015
La Nascita di Venere
Ajusto el zoom de mis prismáticos
para observar con mayor precisión mi objetivo. Una fuerte racha de viento
descoloca la trayectoria visual que proyecto sobre la playa y mis ojos se ven
contaminados con la grotesca figura de dos nalgas peludas asomando como dos
montañas gemelas y nevadas por encima de un bañador verde caqui. Retrocedo y
giro hasta que vuelvo a encontrar mi prioridad, el asunto en cuestión es de una
importancia de nivel teléfono rojo.
Como socorrista, esta es mi prioridad, velar por la seguridad de los bañistas.
Las lentes de mi instrumento de salvador de las
playas se tiznan del color brillante de la sangre pura derramada a borbotones; horneada
en el corazón y sacada de la aorta, sangre con sentimiento de lujuria. Sí,
juraría que ese es el color exacto. Alejo el zoom y por fin contemplo la escena con total rigurosidad de
detalles. Una gota cae en mis pantalones, no sudo, viene de mi boca. Noto una
ligera presión en mi bañador, un calor que me sube desde el interior de las
uñas de los dedos gordos de los pies hasta la coronilla, conquistando mi cuerpo
al completo. Mis pupilas se dilatan, entro en éxtasis y me precipito desde la
cumbre de mi silla hacia la abrasiva arena.
Corro. Salto la primera ola. Arranco agua
arrastrando las piernas y cuando me llega el nivel a las rodillas paso a mi
versión horizontal para proseguir nadando. Sin querer toco el fondo con la
punta de los dedos y un alga verde como el fondo del mar y los campos de golf
de fuera de la Comunidad Valenciana se adhiere y asoma su pequeña cabecita
inhumana para observar con deleite a quien con tanta urgencia tengo que
atender. La cojo en mis brazos y corro como un diablo para salvaguardar su
dignidad, la tapo con el ancho de mi espalda. Se aprieta contra mí y noto dos
bultos. La arrastro, pesa más de lo que pensaba. Gritos, oigo cientos de
gritos. Mi cabeza se llena de sonidos, quejas, difamaciones, groserías. No me
dejo corregir, yo soy un héroe, un poeta, el minotauro de Cortázar, el que va
en contra de la sociedad y no lo hace por destacar si no porque no sabe fingir
o no quiere ser un falso más.
Mis acciones tienen a veces duras consecuencias.
La dejo reposar en el suelo y dejo caer mi peso sobre sus hombros. La miro,
ella abre los ojos y me doy cuenta de que son verdes, como el atisbo que dejó
el fondo del mar en mi superficie, ahora la profundidad de su alma se clava en
mi alma con la fuerza de sus dos pupilas. Su bañador es rojo sangre, como mi
sangre ¿somos dos personas o simplemente somos?
–¡Hazle el boca-boca o lo que sea de una puta vez
ya, joder!
–¡Eso! ¡Deja ya de toquetearla!
Siento la envidia de los que me rodean fluir por
el ambiente en fonemas sordos para mi corazón enamorado, solo atiendo a sus
ojos, a sus cejas, a su boca. Placer, conexión. Y al igual que el sol baja
hasta hundirse en el horizonte todas las tardes, yo bajo mi cuello y mi boca
hacia la suya, hasta que nos unimos. La beso. Un espectador se atreve a
intervenir con un comentario.
–¿Qué coño haces demente?
Levanto ligeramente la mirada pero ignoro las
voces que intentan acallar mi pasión y vuelvo a presionar mis labios contra el
cielo. Abro los ojos tanto como ella y también abro su boca, con la mía. Lanzo
una ráfaga de aire para llenar los sagrados órganos que permiten que respire,
que viva, que fluctúe por este loco ambiente en el que todo, incluso la
naturaleza, se rinde a sus pies y a su belleza.
Presiono entonces su pecho, sin intención de herir
el instrumento que nutrirá a nuestros futuros hijos. Una fuente emana
abruptamente agua bautismal desde su boca, florida, santo fiordo noruego que te
me apareces en las horas de calor de este tres de julio, día que no olvidaré
jamás por su sonrisa. Bebo del agua de tus pulmones, lamo el chorro como un
cachorro lame sus propias patitas para mantenerlas limpias, puras, vírgenes
como tú.
Vuelves en ti. Te incorporas, toses y toses.
Inspiras hondo. De tu boca brotan más trozos de mar. Tu boca y la mía son dos
imanes. Polo norte y polo sur es lo que somos, permite que te llame cariño en
mis pensamientos.
–¡Me has salvado la vida!– Yo callo, absorto en su
mirada.
–¡Qué susto!– Sigo contemplándola. Su voz me
eclipsa.
–Bueno, gracias.
La gente se dispersa, nos quedamos ella y yo. El
norte y el sur, el mar y el cielo. Me sonríe, miro sus dientes, amarillos, luz
solar y ella sola para mí. Se levanta y yo con ella, no separamos nuestras
miradas. Parece tímida, agacha ligeramente la cabeza, mira al suelo, gira la
vista. Un desconocido interviene.
–¡Abuela Mariana! ¿Estás bien?
martes, 30 de junio de 2015
El Camello del Verano
Es verano. El maldito calor me interna en
una atmósfera deprimente, asfixiante y sobre todo repetitiva. Repetitiva, sí,
siento repetirlo pero es la mejor manera de dejarlo claro, repetitiva. No hay
aire acondicionado y para colmo el ventilador ha dejado de funcionar. El maldito
calor es insoportable, así que me levanto, voy y abro la puerta. Una ligera
brisa se adentra y llega a mí, yo la recibo con la ternura de un pajarito
recién nacido ante el suave y próximo vuelo de su regurgitadora madre. De
pronto dejo de sudar y vuelvo a poder pasar las páginas sin adherirme al papel,
sin pegarme con las manos a sus hojas, no quiero boxear con mis libros, los
amo. El sofá expele ardor, mas la fresca brisa lo contrarresta. Espiro el aire
amargo y denso de mis pulmones y termino el capítulo, cierro el libro y lo dejo
sobre la mesa del comedor. Cierro los ojos, intento descansar.
Y es entonces cuando el viento –mi antiguo amigo y compañero favorito
en mi camino hacia la felicidad– me traiciona. Unos leves tintineos llegan
a mis oídos. Al principio sonrío, ya que encuentro similitudes con el piar de
los pajaritos huérfanos que caían del tejado al patio interior de mi
bloque, incluso llego a relacionarlos con el aleteo de la madre pájara
regurgitadora de mi confusa y nublada infancia que se aproxima con su vómito
salvador. Dos segundos más tarde el sonido de un vuelo acariciador se torna en
una melodía semejante a la alarma de incendios de un instituto público en el
que los adolescentes insultan al profesor en voz baja mientras hacen colas en
los pasillos deseando que esta vez no sea un simple simulacro y el instituto
arda en llamas junto con sus deberes.
Veo las cortinas desde el sofá pero es demasiado tarde para levantarme a
cerrar la puerta y conciliar el sueño, ya formo parte del sofá. He
metamorfoseado y me he convertido en un híbrido sofá-humano, soy el humano más
blandito del universo o el sofá más consciente de sí mismo. La espuma de los
cojines me hunde en el mundo real pero me eleva en el plano metafísico hasta
que alcanzo el nirvana. Miento, no alcanzo el nirvana. El metálico cortinaje no
deja de sonar.
Por fin me decido a levantarme. Cuando piso el suelo me doy cuenta de lo
fresquito que está, dormiría con él, me casaría con mi suelo si no fuera porque
carece de órganos sexuales. Sería su eterno amante, nadie podría acusarme de
sexismo aunque diga sin miedo que estoy por encima de él, y él no dejaría de
ser mi apoyo por mucho que le pisotease. Cierro la puerta y vuelvo al sofá, el
color carne de las cortinas se me ha quedado grabado a fuego en la mente. Pasan
unos quince minutos, cierro los ojos y me duermo.
Las cortinas hablan de leones en la sabana, dan vueltas, giran, se enredan
y desenredan. No sé si copulan o se abrazan, desconozco su naturaleza. Un
ventilador gigante las amenaza con miradas de desaprobación, da vueltas, sus
aspas gimen de placer ante la contemplación de unos abrazos muy sentimentales
entre yo y un suelo que se trasfigura con forma humana y me susurra al oído palabras
sueltas: frigorífico, polo norte, Alaska... Un camello aparece
en el horizonte, corre hacia mí, viene apresurado, el suelo vuelve a su forma
primigenia, yo me caigo hacia atrás en el sofá, el ventilador deja de girar,
las cortinas color carne callan. El camello se desvanece en la arena del
desierto bajo un sol terrorífico y su cara se rematerializa a dos centímetros
de mis ojos. Toda su boca está llena de espuma, agita el cuello y me salpica
los ojos, me dice:
– Alí ¿Por qué me dejaste? ¡Vuelve conmigo!–. Yo le digo que no me
llamo Alí pero él sigue su monólogo.
–Yo te quería, te quería de verdad ¡Quiéreme! ¿Tanto te cuesta? ¡No tienes
corazón!
No puedo moverme, el aliento del camello me amuerma y me hunde en el sofá,
vuelvo a metamorfosearme, esta vez de verdad. Una onírica verdad. El camello se
sube encima de mí, encima del sofá, comienza un raro ritual de apareamiento en
el que primero me chupa las extremidades para seguidamente abusar de mi
ternura, penetra los huecos entre los cojines con su pedazo de polla de
camello. Siento el miedo y la impotencia de un heterosexual homófobo ante una
impúdica violación pública, me siento observado por los miles de granos de
arena de un desierto cuyos horizontes son infinitos. –Endless–, me susurra
el camello con una pronunciación del inglés RP magistral y
poco frecuente entre los animales. Estoy sintiendo como el puto calor del
verano se está follando a mi tierno cuerpecito juvenil en las vacaciones más
horripilantes de mi vida.
Súbitamente despierto, asustado, confuso. Me levanto, descubro mi nueva
fobia hacia los camellos. Sin pensarlo me acerco a la puerta y abro, no corre
el aire. Me siento en una silla, Cierro los ojos, los abro. Me levanto, me
vuelvo a sentar. Paro. Me doy cuenta de lo nervioso que estoy y de lo
contraproducentes que son mis acelerados movimientos ante la lucha por la
supervivencia en este clima hostil. Finalmente decido tumbarme en el suelo con
una almohada bajo la cabeza. Cierro los ojos. Inspiro. Siento una ligera brisa
pero antes de echar el aire las vuelvo a oír, las malditas cortinas del cielo
infernal tocan a mi puerta. Vuelven a repicar en la profundidad de mis cinco
sentidos que se convierten en un único sentimiento: el odio.
lunes, 8 de junio de 2015
Marcel se levantaba a las
seis de la mañana todos los días, la edad le había quitado el sueño. La edad,
la soledad y un niño que no le dejaba dormir. El niño era muy travieso y
se llamaba Dente, Dente era experto en hacer bromas pesadas a los mayores,
todos se asustaban cuando le veían llegar. Se decía que una vez le puso un
chicle en el vello púbico a una señora mayor que era muy peluda. Cuando los
mayores intentaban replicarle o enfadarse con él, él siempre se ponía a llorar
y achacaba sus comportamientos irracionales a su edad.
Todos le
seguimos recordando. Cuando decía "sólo soy un niño", y empezaban los
pucheritos, los ojos de los adultos entraban en un estado lacrimoso y la
ternura se apoderaba de ellos, solían acabar pidiéndole perdón a Dente, pobre
Dente.
Marcel se
compró un perro. No recuerdo como se llamaba su perro, pero éste era un animal
honesto y cada vez que veía a su vecino Dente pasear le empezaba a ladrar ya
que olía su maldad interna. Un día Dente fue a casa de Marcel para hacerle
compañía, eran muy buenos amigos, Marcel era un anciano, uno de esos que
siempre sonríen y son amigos de todos, de los del alma pura.
Marcel y la
madre de Dente se conocían desde hacía mucho tiempo, habían sido profesor y
alumna y se tenían mucho aprecio. Ese día en el que Dente fue a casa de Marcel
todo cambió, el viejo sufrió un ataque al corazón y Dente llegó a alterarse
mucho, al final el ambiente se calmó y Marcel volvió a la normalidad antes de
que nada trágico pasara. Pero algo dentro de Dente había cambiado, un pequeño
atisbo de cordura, un sentimiento de piedad por aquél viejo insulso se había
destapado en su subconsciente. Al día siguiente Dente volvió a casa del anciano
para ayudarle, esta vez voluntariamente, la anterior había ido obligado por su
madre. Pasaron un buen rato el viejo y él, incluso salieron al patio a lanzar
un juguete al perro para que lo agarrase entre sus tenebrosos colmillos y lo
trajese como poseído por el demonio de vuelta a su dueño.
Esa misma
noche Dente salió de casa movido por una fuerza interior que desconocía, la
visión de los ojos del perro se le había quedado grabada, se le antojaba
satánica y extremadamente atractiva. Una vez en el jardín de Marcel, se acercó
al perro y sus ojos tomaron un color más negruzco del habitual, acercó su boca
al oído del pastor alemán y le susurró algo al oído. Después le tiró un hueso
de plástico y el chucho fue corriendo a recogerlo para entregárselo todo lleno
de babas, jugaron un rato en silencio bajo las luces anaranjadas de las farolas
del vecindario, cubiertos por una niebla grisácea que no pintaba nada en ese
lugar. Se hicieron las tres de la mañana y Dente volvió a casa a
descansar.
Cuando salió
de clase al día siguiente tenía unas ganas terribles de ir a casa de Marcel a
jugar con su perro, hacía tiempo ya que no pensaba en intentar fastidiar a un
adulto, ahora su atención era toda de aquél pastor alemán. Esa tarde la pasaron
toda jugando, Marcel les observaba desde el porche del jardín, vio que le decía
cosas al oído y se extrañó, cuando llegó su madre comentó el comportamiento de
Dente, esta dijo "son cosas de niños".
Esa misma
noche dente cogió un cuchillo del cajón de los cubiertos de la cocina y sin que
su madre se enterara de nada salió por el porche trasero. La oscuridad lo
tapaba todo, los únicos focos luminosos de la noche eran las bombillas del alumbrado
público. No había luna. Dente esquivó toda partícula lumínica hasta llegar al
can. Una vez allí le susurró algo indescifrable y el perro dio media vuelta
exponiendo su vientre al contacto del frío metal del cuchillo.
Marcel vio
la sombría escena desde dentro de su casa y pensó en salir a investigar, pero
entonces el reflejo del cuchillo de Dente le cegó y tuvo demasiado miedo como
para poner un pie fuera de su puerta, temblando toda su dentadura y todo su
cuerpo frío y sudado, llamó a la policía y les dijo que un había un niño con un
cuchillo en su puerta. La policía dijo que iría de inmediato, unas risas
burlonas se oyeron de fondo al otro lado de la línea.
Entonces,
con la pasmosa tranquilidad de un asesino en serie, Dente le rajó el vientre al
perro, éste no profirió ni un solo quejido, parecía dominado, dormido incluso,
metió su mano a través de sus costillas y sacó vísceras y el corazón. Se
restregó el corazón por la cara quedando tiznado en un rojo tan oscuro como
aquella noche.
Se levantó
lentamente y giró la vista hacia Marcel, quién tras la ventana temblaba y
rezaba por no ser visto. Quién me habrá mandado a comprarme un perro, fue uno
de sus últimos pensamientos irracionales. El niño tocó a la puerta, con los
ojos inyectados en fuego. Volvió a tocar ya que nadie le abría y la tercera vez
metió el cuchillo entre el hueco de la puerta y el marco, con un hábil y
discreto movimiento la puerta se quedó totalmente abierta. Para entonces el
anciano ya tenía cubierta la retaguardia, había preparado el fusil que utilizó
su padre en la guerra y le apuntaba directamente a la cabeza. Antes de disparar
oyó a Dante decir "solo soy un niño".
- - -
Escondió el cadáver en el
sótano, también el del perro, limpió la sangre del chucho y la del niño lo
mejor que pudo, los enterró dentro del mismo hoyo. La madre de Dente apareció
llorando al día siguiente en su portal, no encontraba a su hijo, temblaba,
estaba tan ansiosa que al coger las manos del anciano Marcel las apretó tanto
que casi se las quiebra. Éste le dio todo su apoyo y la trató como a un ángel,
día tras día la cuidaba, había sido madre soltera y ahora al menos tenía
alguien con quien pasar su tiempo, la vida con un hijo tan problemático había
sido dura.
Marcel le
daba crueles esperanzas de volver a encontrar a su hijo, cada día surgía una
nueva oportunidad, acabó viéndolo en cada esquina, daban largas marchas
colgando carteles con su foto y preguntando a personas, se adentraban en los
bosques de la ciudad buscando incluso bajo las piedras, pero como ya sabes,
lector, Dante no estaba en esos lugares.
La madre se
enamoró de aquél anciano, la diferencia de edad era de unos veinte años, pero
el intelecto de aquél hombre la llenaba de felicidad, su esperanza, su empatía
y sus buenas maneras hicieron que sintiera algo más que cariño. Acabó mudándose
a su casa, dormían juntos y eran felices, casi se habían olvidado ya del
maldito niño.
Una noche,
una de muchas en las que veían películas, escucharon un ruido en el sótano, un
relámpago dio luz a la habitación durante un momento, el sonido de la lluvia
creció estrepitosamente y el anciano volvió a sentir el temblor de aquella vez.
La madre cerró los ojos y vio la mirada de un perro que no conocía. Marcel
cogió su escopeta y acompañado por su amante bajó al sótano escalón por
escalón.
La luz del
sótano estaba encendida y lo primero que vieron fue al niño, que estaba de pie,
mirando a su madre y a su nuevo padre y asesino. Estaba blanco, muy blanco,
tanto que brillaba bajo la tenue luz de la bombilla. El perro estaba junto a
él, los ojos de los dos estaban inyectados en sangre y sus cuerpos rebosaban de
venas inflamadas. El niño dijo: "tú me mataste" y la madre interpretó
que se lo decía a ella y negó con la cabeza. Entonces el niño dijo: "no,
tú no. Tú". Y la madre preguntó ¿El perro?. El niño, desesperado, se
agachó y le dijo algo al oído del perro.
La bobilla
explotó y todo se quedó en tinieblas, se oyeron unos rugidos terribles, la
madre asustada y confusa encendió la luz del sótano y descubrió que el anciano
Marcel yacía muerto en el último peldaño de las escaleras, pensó que todo era un
sueño. Los ladridos y gruñidos que habían despedazado el cuerpo de Marcel
alertaron a los vecinos, quienes llamaron a la policía.
Tocaban
fuerte en la puerta: "¡abran! ¡abran!". La madre de Dente le miró
confusa, le dijo "¿qué hago hijo?". Diles que pasen, dijo el niño.
Los policías entraron y vieron todo lo sucedido, el perro estaba quieto en una
esquina, temblando de miedo, sus venas se habían desinflamado al igual que las
de Dente y volvía a parecer un ser inocente. Dente se revolcaba por la tierra
del sótano con un trozo de oreja de Marcel, había recuperado su gracia de
chiquillo normal y corriente.
"Tendremos que sacrificar al perro, señora." Pero entonces un
policía forense se agachó y descubrió que el cadáver tenía las marcas de las
uñas del niño, el perro era inocente.
El sargento
entonces se acercó a Dente, que seguía jugando con un trozo de la oreja del
anciano. - ¿Qué ha pasado aquí? - El niño dejó a un lado el trozo de carne y
empezó a llorar desconsoladamente, los ojos del sargento se aguaron y la
ternura se apoderó de él. Entonces su madre intervino y dijo: - Sargento, no es
más que un niño. -
viernes, 29 de mayo de 2015
"Permíteme que insista"
"Permíteme que insista"
El verbo permitir significa "dar consentimiento" y está conjugado en imperativo.
Por lo tanto "permíteme" significa: te obligo a que me des consentimiento.
El verbo insistir significa "repetir o hacer hincapié en algo".
En conclusión, el anuncio está diciendo:
Te obligo a que me des consentimiento para que haga hincapié en algo.
Es decir, nos piden que les damos consentimiento (algo que debería ser voluntario) por obligación (pero cordialmente), para que nos repitan algo.
Esta voz es la evolución adulta de la voz de un niño que quiere que veas su dibujo y te pide una vez tras otra que lo mires.
martes, 26 de mayo de 2015
- Qué rápido se nos pasa el tiempo cuando echamos la vista atrás.
- Es cierto que el tiempo pasa, pero no varía la velocidad, es constante.
- Y tú qué sabrás de la vida, si te la pasas metida en los libros.
- ¿Y de qué hablan los libros si no de vidas?
- Es cierto que el tiempo pasa, pero no varía la velocidad, es constante.
- Y tú qué sabrás de la vida, si te la pasas metida en los libros.
- ¿Y de qué hablan los libros si no de vidas?
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