lunes, 21 de octubre de 2013

Él.

Antes de salir de casa, revisé el cajón, allí estaba, resplandeciente, afilado y frío. Ya tranquilo, lo cerré y salí al trabajo. Otro día más de rutina, lo mismo de siempre, la misma gente con las mismas sonrisas fingidas y las mismas palabras falsas. Solo pienso en mi mujer, espero impaciente a su llamada. Termino el día nervioso, salgo del trabajo y todavía no he recibido la llamada que suele hacerme para preguntarme como me encuentro. Pasan quince minutos en el coche de vuelta a casa y no he recibido ninguna llamada. Un cuarto de hora más tarde estoy en casa, con las llaves en la mano, sin saber donde está mi mujer. Solo puedo pensar en ella. Paro antes de introducir la llave, apoyo la oreja en la puerta. Oigo unos susurros profundos, provenientes del fondo de la casa, quizá hayan entrado a robar. Presto atención más detenidamente y escucho risas y la voz de mi mujer. Me tranquilizo. Pero la tranquilidad solo dura un par de segundos, enseguida empiezo a pensar en la posibilidad de un engaño por parte de ella, quiero asegurarme de pillarlos por sorpresa. Abro la puerta silenciosamente y entro a la casa sin hacer el mínimo ruido. Veo sombras al fondo del pasillo, por el tono de voz supongo que es un hombre el que habla con ella. Quizá un amante. Abro el cajón.
Pero no está, alguien lo ha cogido, me lo han robado. Reina el desconcierto en mi mente. Y ando hacia la puerta de la cocina donde creí haber visto unas sombras, abro de golpe y no hay nadie. Giro el cuello y recorro toda la casa con mis pupilas. No hay nadie, nada distinto. ¿Qué he oído entonces? Empiezo a buscar en toda la casa, al principio nervioso, pero una vez visto que no hay nadie empiezo a sentir miedo. No entiendo qué está pasando. De repente tengo frío, instintivamente me agacho en una esquina del pasillo, todavía con el chaquetón puesto y me quedo mirando al mueble de la entrada donde tenía que estar y no está, y a la puerta. Miro de nuevo el móvil, no hay llamadas. Tiemblo. Saco fuerzas de la nada y me levanto temblando hacia la puerta de la entrada, antes de salir vuelvo a mirar en el cajón y sigue sin haber nada. Abro la puerta y fuera todo es oscuridad, farolas naranjas ennegrecen la noche y la luna no existe en el firmamento, tampoco las estrellas. Un resplandor llega a mis ojos desde la acera, a unos metros está, tirado en el suelo. Me acerco lentamente y lo cojo, al instante dejo de temblar. El móvil vibra entonces. "¿Dónde estás cariño?" digo, todavía alterado por la confusa escena que acabo de vivir. Nadie responde.
Oigo el teléfono colgar.
Ella no está, pero si él, me hace sentir bien, como que ella está de más en mi vida. Entro en casa y me siento en un sofá, lo siento a mi lado y le miro fijamente. Empiezo entonces a escuchar que me habla, nada comprensible. Me acerco más a él, intento entenderlo. Lo cojo y me lo acerco al oído, apoyo su filo en mi cuello y su punta me empieza a decir cosas que no me gustan. Empiezo a tenerle miedo, me dice que mi esposa está con otro, que nunca quiso tener hijos conmigo porque me odia, que me ha abandonado, que él puede ayudarme. No le creo, me está mintiendo, quiere hacerme hacer cosas horribles. Pero entiendo su posición, es un cuchillo de caza, su naturaleza le hace querer matar presas. Empatizo con él, quiero darle un poco de lo que se merece. Con cuidado paso livianamente el cuchillo por mi vientre, sin mirar, siento la fría hoja y la sangre derramándose por mi costado. Vuelvo a acercar el cuchillo a mi cuello y le presto atención. Parece que gime de placer, le gusta lo que le he hecho, pero no puedo seguir haciéndomelo. Entonces escucha la puerta abrirse. Oculto mi cuchillo detrás de la espalda y avanzo por el pasillo. Entonces aparece ella, sola, tan guapa. No oigo a mi cuchillo pero sé lo que quiere que haga. Se acerca y abre los brazos esperando una muestra de cariño, sin decir nada y con una sonrisa en la cara. Permanezco inmóvil, absorto por mi nuevo compañero de vida. Súbitamente abro los brazos y le clavo el puñal en la espalda, puedo sentir la sangre llegar hasta la empuñadura, sus músculos contrayéndose, un grito ahogado en su cara de asombro y estiro hacia abajo con la mano, desgarrando ropa, piel y carne a mi paso, junto con él, ni nuevo compañero. Cae muerta al suelo, pero él quiere más, vuelvo a clavar el cuchillo en la carne, una y otra vez, cada vez quiere más, y más, y más. Presa de la catarsis del momento, clavo el cuchillo en uno de mis muslos y no siento dolor, lo clavo entonces en el otro, y sigo sin sentir nada. Absorto por el cálido sentimiento que me provee esta nueva afición, lo clavo en mi corazón. Mi mano pierde fuerza y cae. Mis rodillas golpean el suelo las primeras, luego el resto de mi cuerpo, oigo los últimos latidos de mi corazón. Mis ojos, sobre la alfombra, solo ven una cosa, el brillo del puñal antes del último suspiro de amor.

jueves, 17 de octubre de 2013

El humano.

Y volé por encima de esos recipientes de cristal, como mi progenitor hizo en su momento, y paré sobre uno de ellos. Contemplé el mundo y me sorprendió su encanto, su grandeza, su lentitud y su estabilidad. Todo es más lento que yo. Nadie me alcanza, levanto de nuevo el vuelo y sé que lo que voy a ver me va a dejar con una sensación de asombro. Elementos enormes, mucho más grandes que yo, pero a su vez inmóviles. Yo no puedo alcanzar su grandeza, pero ellos no pueden alcanzar mi velocidad.
Entonces paro en una superficie fría desde la cual veo luces maravillosas y percibo un olor que me atrae instintivamente. Pero de golpe mi visión se emborrona, todo adquiere un nuevo tono, me pongo nervioso, voy de un lado para otro y parece ser que unas paredes invisibles me impiden avanzar. Choco continuadamente con ellas, puedo ver unas sombras moverse fuera de mi cautiverio, pasan las horas.
Finalmente pierdo la consciencia.
Despierto y todo son colores, me puedo mirar a mi mismo, ya no tengo alas, ni puedo volar, soy mucho más lento y todo es más pequeño. Me levanto de una superficie acolchada y me muevo hacia delante utilizando solamente dos patas. Llego a un lugar repleto de alimentos y allí apoyo mi cuerpo sobre una superficie cuadrada y mis patas delanteras sobre otra con distinta altura. Agarro un recipiente redondo de material transparente y lo dejo caer sobre un punto negro que no paraba de moverse y me molestaba. Lo contemplo de cerca y acabo pensando en como sería ser algo así.

lunes, 7 de octubre de 2013

La noche

Anochece. Sus tetas son mis metas, después de un rato en ellas, me pedirá "que se la meta". Pero no cedo ante sus ruegos, antes quiero lamer y meter uno y luego dos dedos. Araña mi espalda y cedo, subo hasta su cuello, y en la penumbra entro sin previo aviso al agujero. Se estremece y me estremezco, gime y sueño despierto, ojos cerrados y labios entreabiertos. Su cabello me hace unas leves cosquillas. Me aferro a sus caderas, pero mis manos se deslizan por sus piernas hasta sus rodillas, doy otro empujón y chilla: ¡Dios!. Eso es lo que soy para ella en ese momento, la razón de su ser, quiere que me quede dentro. Después cambiamos de postura, cada cual más placentera, ¡qué locura! llegamos hasta el climax despidiéndonos de la luna, de la mejor de las maneras.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Saliva.

Trago. Froto mi lengua contra mi paladar de nuevo y la deslizo por mis labios y vuelvo a tragar. Y mi cerebro vuelve a recordar su cuello, se forma un charco bajo mi lengua y vuelvo a tragar. Y no paro de pensar en su cuello, en la parte de atrás de sus orejas, en sus labios y en su clítoris. Y cuando esa imagen aparece en mi cerebro otro charco se vuelve a formar y vuelvo a tragar. No dejo de pensar en que no quiero seguir tragando. Quiero gastar la saliva que genero. Bañarla entera, que su piel absorba el líquido y volver a bañarla en saliva. Me duermo y sueño con ello, despierto y sueño despierto con ello. Y así hasta que lo consigo, paso unas horas tranquilo y vuelvo a tragar saliva. 

Verdes.

Me despierto. Cojo las gafas de la mesita y con las legañas todavía en los ojos, adquiero una visión borrosa del entorno que me rodea. Todavía tumbado en la cama, con un sudor frío en la nuca, el pelo revuelto y los calcetines por encima del pantalón, respiro dificultosamente del espeso aire que quedó ayer encerrando en mi habitación. Desplazo lateralmente las piernas y busco en la oscuridad del amanecer mis zapatillas de estar por casa con las puntas de los los dedos gordos de los pies, evitando con el mayor cuidado el frío suelo de mármol. Las encuentro, me levanto intentando no forzar en exceso ningún músculo para no permanecer contracturado todo el día y me dirijo a subir la persiana. La luz traspasa el cristal y me quema las pupilas. Desciendo la vista hacia el suelo hasta que se acostumbran a la poderosa presencia del sol en el horizonte que da luz a los objetos y me vigila desde la ventana. Me doy cuenta de que mi boca está pastosa y me apresuro al baño a enjuagarla con agua y lavarme los dientes. Entonces percibo un temblor corporal a la altura de mi ombligo y rápidamente deambulo tropezando con las esquinas en la oscuridad del pasillo hasta que llego a la cocina y rebusco en la nevera el cartón de leche sin lactosa. Me siento con una taza, una cuchara, colacao, galletas y el cartón. Vuelvo a recobrar la vida cuando de unos pocos sorbos y mordiscos hago desaparecer la mezcla de alimentos en mi boca. Es entonces cuando vuelvo a poder pensar con serenidad. Y es entonces cuando en mi mente vuelven a aparecer sus ojos. Y ya no desaparecen hasta que vuelvo a despertar, lejos de ese verde, otro día más.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Lengua.

Cuando no tienes nadie a quién decirle nada, le hablas a tus folios. Ellos no te responden, pero te escuchan. Cuando tu sombra es la única que se mueve, tienes que darle la espalda, e ir hacia la luz para escribir. Ir hacia la luz para seguir viviendo en calma, para tranquilizar tu alma. 
No sé como, pero lo de anoche fue el paraíso y ahora que lo he probado, la vida normal me es deleznable. Estoy agotado, hago la cama con mis temblorosas manos, quedan arrugas, pero no me importa, nadie a parte de mi sombra las va a ver. Nadie conoce mi historia, ni yo conozco ninguna historia a la que compararla, quizá haya más gente como yo ahí fuera. Acabé aquí por mi culpa, estoy pagando a un Dios que no sé si existe por mis pecados, estoy ganándome el perdón de quién dice hablar en nombre de una razón que no objetiva. Todo es oscuro en esta prisión imaginada. Sin ventanas de cristal, sin puertas de madera. Solo barrotes que indican el camino hacia el cielo y hacia el infierno. Yo me he condenado a mí mismo, otra vez. Lo único que no me merecí fue nacer. Mi lengua me trajo aquí, la misma con la que sentí el amor a través de un beso, la misma que me hace pensar que esta vida merece la pena. 
La dualidad marca mi vida. Soy yo quién toma las decisiones, pero no soy yo quien conoce sus repercusiones. Culparme a mi mismo no tiene sentido. Tampoco culpar a otro. Al final del camino no hay culpables, sólo dolor. Cargamos con sacos pesados hasta que los echamos al suelo, y ahí es cuando percibimos el daño en nuestras espaldas. Pero aunque la espera duela, el tiempo acaba difuminando el dolor y acabamos levantándonos de la cama para hacerla con pasión, dejándola lisa. Saliendo a respirar el aire de la ventana, sintiendo la brisa. Para entonces ya hemos cambiado, nuestra lengua tiene miedo de llevarnos otra vez al mismo estado. Por eso se mueve más despacio y besa con mucho más cuidado. 

viernes, 6 de septiembre de 2013

El monstruo.

La verdad me quita el disfraz y me deja al descubierto ante un sol que me destroza. Ese sol es la fuerza de la realidad, que me llega a las entrañas y desmonta todas mis palabras. De las palabras que dije, soy su esclavo. Por eso no le doy la espalda al sol, quiero cargar yo, con mis errores. Quiero sentir los estertores del dolor que me enseñarán la lección. Me duele que mi blanca piel refleje ese sol y hiera a inocentes. Se acercaron a quién no debían. Ahora sé que no debo mostrarme, ellos no tienen la culpa. Soy un monstruo, no he de abandonar la soledad nunca.